Del drama a la resurrección, de cero a cien

Corrida de emociones en San Isidro. Primero, con la espectacular cogida que sufrió Julio Aparicio, después, con la plaza aún temblando, con la buena actuación de El Cid, por fin, con el toro que no pudo lidiar el sevillano.

La tarde se congeló desde el principio. El ambiente era de gala pero la cornada de Aparicio en los primeros compases de su faena heló la sangre, el corazón y las retinas.

En la plaza se encogió el alma. El toro de Juan Pedro, noble y con celo, le puso la zancadilla, Julio perdió pie en la cara y fue gateando hacia atrás para zafarse de la cornada.

La angustia de ese hombre, en esas décimas de segundo, fue angustia de la plaza. Y la imagen de la cornada, con el pitón atravesando el cuello y asomando por la boca, dantesca. Parecía colgado de un gancho Aparicio, que ha salvado la vida de milagro.

Los doctores en estas cosas suelen ser cautos. Máxime cuando, las noticias, acaban siendo todo lo buenas que pueden ser. Y Aparicio debe dar gracias por haber nacido de nuevo. Ni una vena afectada, ni un órgano vital... por la mente de la plaza en esos momentos sólo corría el pensamiento de qué habría ocurrido si el pitón...

Conmocionada como estaba la plaza con la imagen de la cruda realidad de la fiesta, tardó en reaccionar la cosa cuando El Cid lanceó al segundo. Más todavía cuando el toro, terciado y chico, vio al de Salteras muy abierto en un cite por el izquierdo y lo zarandeó violentamente.

La tragedia volvía a estar presente. Afortunadamente, todo quedó en la taleguilla destrozada. Manuel Jesús aguantó al toro, que se fue quedando corto muy rápido y metiéndose por dentro. Un pinchazo.

Se esperaba a Morante, y el sevillano sólo pudo abrir el tarro de las esencias con cuentagotas. Después de matar al de Aparicio, le soltaron un caballón jabonero lavadito de cara. Sin humillar nunca, el de La Puebla lo lanceó con garbo tres o cuatro veces. La gente, muy con él, se quedó con la miel en los labios. A la muleta llegó sin fuerzas y muy parado, sin pasar. No se dio coba Morante.

Por si quedaba algo por torcerse, la tarde se desmoronó en el cuarto. Un choto muy abierto de palas e inválido desde el minuto uno. El sobrero de Gavira, terciado pero de afiladísimas puntas, no estaba mucho más allá, pero tuvo dentro el motor necesario para venirse arriba y dejar estar en la muleta. Fue un buen toro.

Con ese pudo El Cid empezar a sentir el calor de Madrid, donde llegaba muy presionado por una sustitución demasiado injusta para algunos compañeros y tomada como salvavidas. El Cid lo intentó, le aguantó y se quedó bien en un par de series en redondo, templando mucho al buen toro, llevándolo largo y seguro.

Pero sólo fueron esas dos. Con la izquierda se torció la cosa, volvieron a aparecer las dudas, el quedarse fuera y sólo algunos muletazos buenos, muy salpicados. Puso actitud El Cid, al que le tocaron las palmas.

Morante paró tres toros en quinto turno. El terciado quinto no podía con su alma y Muñoz Infante lo aguantó hasta banderillas. El sobrero de Gavira andaba todavía peor, así que también al corral. El sobrero tris de Mari Carmen Camacho, con cara lavada pero aspecto viejuno, se dejó torear de capote.

Y fue cuando Morante destapó el tarro en un gran saludo de capa a la verónica y, todavía, en un quite después del primer puyazo. Fue lo que le dejó el toro, que llegó a la muleta aplomado y sin pasar casi nunca, pese a los intentos tesoneros de Morante. Pero ese saludo, esos lances, habían cambiado el signo de una tarde que viajaba en carrusel de emociones.

Para cerrar, El Cid sorteó el segundo que estaba reseñado para Aparicio. Y fue el toro de la tarde. Justo de fuerzas al principio, Manuel ordenó que lo cuidasen. Había visto su son en el capote y quiso aprovecharlo. Era el último cartucho. Y lo aprovechó.

Se fue a los medios, le dio sitio y allí que le puso la tela. Por delante y templado, ligando por abajo, corriendo la mano y bien de verdad. Asentadas las zapatillas en el toreo diestro, que llega arriba y que arriba pone al torero, que se lo cree y se confía. Es la mejor inyección de moral para El Cid.

El toro se fue poniendo algo revoltoso. Cada vez con la cara más suelta y alguna que otra ocasión metiéndose por dentro. La vez que no iba mandado o tocado con fuerza.

Por el izquierdo la cosa no surge igual, no hay la misma limpieza y baja de tono, pero Manuel aguanta. La actitud de hoy es un abismo comparada con días atrás. Un espadazo sin puntilla y una oreja. Para él son dos y mucho más. Lo necesitaba. Las tenía el toro.

Las Ventas. 16ª de la Feria de San Isidro. Lleno.

Cuatro toros de Juan Pedro Domecq, desiguales de presentación, alguno excesivamente terciado. Destacó el 6º, noble y con transmisión, ovacionado. Noble el jabonero primero. Descastados y flojos 2º y 3º. Un sobrero (4º bis) de Gavira, manejable. Un sobrero (5º tris) de Mari Carmen Camacho, manejable aunque muy a menos.

Julio Aparicio, herido muy grave en su primero.

Morante de la Puebla, silencio, silencio y silencio.

El Cid, ovación, ovación y oreja.

 

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