NUTRUCIÓN INFANTIL
Te explicamos qué es la intolerancia a la fructosa, cuáles son sus síntomas, cómo se diagnostica y qué medidas pueden tomar los padres para ayudar a sus hijos a llevar una vida saludable y sin molestias.
Cuando algunos niños presentan síntomas digestivos de forma persistente como dolor abdominal, diarrea, gases o hinchazón sin una causa aparente, los padres se plantean si algún ingrediente en la alimentación de sus hijos puede estar causando estas alteraciones. Uno de los trastornos que puede estar detrás de estos síntomas es la intolerancia a la fructosa, una condición poco conocida pero cada vez más diagnosticada en niños.
Esta intolerancia, que implica la dificultad del organismo para absorber adecuadamente la fructosa (un tipo de azúcar presente en muchas frutas, miel y alimentos procesados), puede impactar significativamente en el bienestar y la calidad de vida del niño.
La fructosa es un tipo de azúcar presente de forma natural en muchas frutas, verduras y miel. También se utiliza para endulzar alimentos procesados y productos etiquetados como para diabéticos o sugar free.
La fructosa es una molécula de azúcar simple que normalmente está unida a la glucosa para formar la sacarosa, más conocida como azúcar común.
Existen dos cuadros bien diferenciados en la intolerancia a la fructosa que los pediatras debemos distinguir:
Es un error genético del metabolismo que provoca un cuadro grave. Suele manifestarse en los lactantes cuando empiezan la alimentación complementaria y prueban los primeros purés de fruta o verdura.
Puede ocasionar falta de apetito, pérdida de peso, dolor abdominal, hipoglucemias (bajadas de azúcar), vómitos y deshidratación y a la larga ocasionar problemas graves en el hígado o los riñones. El único tratamiento es una dieta estricta exenta de fructosa para siempre. Es muy poco frecuente, pero hay que pensar en este cuadro, ya que la dieta puede prevenir de los problemas a largo plazo.
Es más frecuente que la anterior y se debe a un fallo en las enzimas que digieren la fructosa a nivel intestinal. Como la fructosa no se puede absorber en el intestino delgado, llega al intestino grueso donde es fermentada por las bacterias de la flora intestinal habitual, produciendo gases y molestias abdominales como diarrea, náuseas, hinchazón y dolor abdominal. Estos síntomas aparecen entre 30 minutos y 2 horas posterior a la ingesta.
Es importante saber que el grado de intolerancia puede variar entre las personas afectadas y mientras algunos pueden tolerar pequeñas cantidades de fructosa sin experimentar síntomas, otros pueden tener una reacción más severa ante el mínimo consumo de este azúcar.
En el caso de la intolerancia hereditaria a la fructosa (IHF) el diagnóstico es genético y se debe realizar un análisis específico de sangre ante la sospecha de este cuadro.
Si se sospecha una intolerancia a la fructosa simple, la prueba indicada es un test de hidrógeno espirado que se realizará cuando el niño sea lo suficientemente mayor como para colaborar en la realización.
Consiste en medir el hidrógeno en el aire espirado por el niño. Tras 8 horas de ayuno se mide el hidrógeno en el aire espirado, a continuación el niño toma una pequeña cantidad de solución de fructosa y tras 2-3 horas se vuelve a medir el hidrógeno en el aire espirado. Si aumenta mucho la cantidad de este gas se diagnostica de malabsorción a la fructosa.
El tratamiento de la intolerancia a la fructosa consiste en retirar inicialmente todos los alimentos que contengan fructosa de la dieta para después ir introduciéndolos de uno en uno y por separado hasta ver cuál es el grado de tolerancia a cada uno de ellos.
De todas formas se recomienda: