MÁS SOBROSO Y APETECIBLE
Se conoce como umami al quinto sabor para nuestro paladar: ni dulce, ni salado, ni amargo, si ácido. Es otra cosa, un placer para los sentidos, un nuevo sabor que potencia cualquier plato. Te cuento en detalle cómo conseguirlo en tus recetas caseras.
Seguro que alguna vez has probado un plato y has pensado: "¡Esto sabe a más de lo que debería!". No es dulce, no es salado, no es ácido, no es amargo. Es ese sabor que hace que el tomate frito de tu abuela supere al de cualquier bote industrial, o que no puedas dejar de comer un ramen bien hecho. Pues ese quinto sabor tiene nombre y apellido: umami.
La historia empieza a principios del siglo XX, cuando el químico japonés Kikunae Ikeda se preguntó por qué el caldo de kombu (un alga típica en Japón) tenía un sabor tan intenso, diferente de los cuatro sabores clásicos. Tras unos cuantos experimentos en su laboratorio, descubrió que el responsable era el glutamato. Y decidió bautizarlo como umami, que en japonés significa algo así como "sabor delicioso" o "sabor sabroso".
Así nació oficialmente el quinto sabor, aunque nuestros paladares ya lo conocían de sobra desde hace siglos.
El umami es el sabor asociado a ciertos aminoácidos y nucleótidos que potencian la sensación de sabor en la boca. El más famoso es el glutamato, pero también participan el inosinato (presente en carnes y pescados) y el guanilato (en setas, sobre todo secas).
¿Y por qué "engancha" tanto este sabor? Porque nuestro cerebro está programado para identificar el umami como una fuente de proteínas y nutrientes. Es un sabor que nos dice: "tranquilidad, aquí hay energía y materiales para construir músculos y neuronas". Evolutivamente, era muy útil reconocerlo.
Seguro que piensas que esto del umami es algo exótico, solo para japoneses con ramen humeante. Pues no. El umami está en nuestra dieta más de lo que crees:
Si te fijas, muchos de los ingredientes estrella de la cocina tradicional tienen este punto en común. No es casualidad.
Aquí viene la magia: cuando se combinan diferentes fuentes de umami, el efecto se multiplica. Por ejemplo:
Es decir, el umami no solo aporta sabor, sino que potencia el resto de sabores del plato. Por eso algunos guisos parecen mucho más complejos de lo que en realidad son: porque están cargados de umami.
Aquí llega el invitado polémico de la fiesta: el famoso glutamato monosódico. Durante años, se demonizó con el supuesto "síndrome del restaurante chino", que decía que causaba dolores de cabeza, mareos y otros males. Hoy sabemos que eso fue más mito que realidad: la evidencia científica no ha encontrado efectos adversos en personas sanas a las dosis habituales.
De hecho, no es más que el mismo glutamato del tomate o el queso con una molécula de sodio. Y su gran ventaja es que permite potenciar el sabor usando menos sal. Así que, en realidad, puede ser una herramienta interesante para mejorar la dieta en personas que necesitan reducir sodio.
Eso sí, como con todo: moderación. No se trata de espolvorear glutamato en cada plato como si fuera azúcar glas. De hecho, si te pasas, amarga muchísimo.
Ahora que ya sabemos lo que es, toca la parte práctica: ¿Cómo aprovechar el umami en casa sin complicarnos la vida?
Aquí está la gracia: el umami no solo es un "sabor que engancha", también puede ser un aliado de la salud. Dale la vuelta para hacer el bien ¿Cómo?
El umami no es magia negra ni moda foodie japonesa. Es un sabor real, descubierto hace más de un siglo y presente en la mayoría de las cocinas del mundo. Es el secreto de los guisos de la abuela, de las pizzas que no puedes dejar a medias y de ese ramen que te hace sonreír con la primera cucharada.
Usarlo bien no significa llenarlo todo de glutamato monosódico, sino aprender a combinar ingredientes naturales que lo contienen. Es el comodín que hace que comer sano sea también comer rico.
Porque al final, seamos sinceros: si la comida no sabe bien, da igual lo saludable que sea, no vamos a repetir. Y ahí es donde el umami se convierte en nuestro mejor aliado.