NUTRICIÓN Y BIENESTAR
La nutricionista Adriana Martín Peral, de Neolife, revela cómo la industria diseña estos alimentos para activar el placer en el cerebro y dificultar que dejemos de consumirlos.
Tras semanas de lluvia, el sol por fin se deja ver y, con él, llegan cambios en nuestras rutinas. No solo toca renovar el armario: también empezamos a mirar con lupa nuestra alimentación. Y es en este momento cuando muchas personas detectan que han ganado peso durante el invierno.
Con la vista puesta en el buen tiempo, comenzamos a plantearnos comidas más ligeras y a reducir el consumo de productos calóricos. Sin embargo, hay un obstáculo que suele aparecer en este proceso: los alimentos ultraprocesados. Snacks, dulces, comida rápida... ¿Por qué resulta tan difícil dejarlos?
La respuesta no está en la falta de fuerza de voluntad. Según explica la nutricionista Adriana Martín Peral, de Neolife, el problema está en cómo están diseñados estos productos.
Detrás del sabor irresistible de muchos ultraprocesados hay ciencia. Estos alimentos están formulados para estimular nuestros sentidos —sabor, textura y aroma— y activar el sistema de recompensa del cerebro.
Cuando comemos, por ejemplo, una patata frita, el cerebro libera dopamina, el neurotransmisor asociado al placer. Esa sensación placentera hace que queramos repetir. Y no una sola vez porque una patata lleva a otra, y así sucesivamente.
El resultado es un patrón claro; no comemos por necesidad, sino por impulso.
Uno de los secretos mejor guardados de la industria es la llamada "triada irresistible": la combinación precisa de azúcar, grasa y sal. Esta mezcla no es casual. Está cuidadosamente ajustada para lograr el máximo placer sin llegar a saturar. Cada bocado resulta igual o más atractivo que el anterior, lo que refuerza el deseo de seguir comiendo.
A este fenómeno se suma otro concepto clave: el bliss point o punto de felicidad. Se trata del nivel exacto de azúcar, grasa o sal que provoca la mayor satisfacción posible.
Las empresas realizan pruebas sensoriales hasta encontrar esa proporción perfecta. El objetivo es claro, ya que quieren conseguir que el producto sea tan placentero que resulte difícil dejar de consumirlo.
El problema de los ultraprocesados no es solo su capacidad de adicción. También su perfil nutricional.
Suelen contener:
Estos ingredientes mejoran el sabor y la duración del producto, pero aportan poco valor nutricional. Además, son alimentos pobres en fibra y proteínas, por lo que no generan saciedad real, aunque aporten muchas calorías.
El consumo de ultraprocesados está más ligado al impulso que a la necesidad. Por eso, la clave para reducirlo no pasa solo por la fuerza de voluntad, sino por la información.
Comprender cómo funcionan estos mecanismos —antojos, dopamina, recompensa— permite tomar decisiones más conscientes. Apostar por alimentos reales la mayor parte del tiempo es el primer paso para recuperar el control de la alimentación y mejorar la salud.
Porque, como concluye la experta, conocer estas estrategias es la mejor herramienta para no caer en ellas.