RETOQUES BAJO LUPA
Una artista estadounidense perdió la visión tras inyectarse un bioestimulador de colágeno en la zona de la ojera durante un viaje a Corea del Sur. Analizamos qué falló y qué riesgos existen realmente.
La medicina estética se ha vuelto cada vez más accesible y rutinaria. Pero, como todo acto médico, no está exenta de riesgos. El caso de Esther Jeong, una artista ceramista estadounidense que perdió la visión de un ojo tras un tratamiento facial en Corea del Sur, ha reavivado el debate sobre la seguridad, la técnica y la responsabilidad en procedimientos estéticos.
Una complicación poco frecuente, pero grave, que nos recuerda que no hay tratamientos menores cuando se trabaja cerca de estructuras tan delicadas como los ojos.
Esther viajó a Corea del Sur para someterse a un procedimiento en la zona de la ojera con un bioestimulador de colágeno a base de ácido poli-D,L-láctico (PDLLA), que ella consideraba un tratamiento regenerativo de bajo riesgo. Al recibir la inyección, experimentó una pérdida súbita de visión en el ojo izquierdo.
Avisó de inmediato al personal, pero le aseguraron que era un efecto temporal por la anestesia y fue enviada a casa. Días más tarde, varios oftalmólogos confirmaron lo que ya era evidente: había sufrido una oclusión de una rama arterial de la retina, con daño irreversible.
La paciente describió su visión como si viera píxeles muertos en parte del campo visual.
En este tipo de casos, el margen de intervención es muy estrecho: se considera que el tejido retiniano puede sufrir daño irreversible a partir de los 60-90 minutos sin riego sanguíneo, lo que convierte esta complicación en una urgencia médica prioritaria.
La complicación ocurre cuando el producto se introduce accidentalmente en una arteria facial y viaja hasta la arteria oftálmica, obstruyendo el flujo hacia la retina. El resultado es una isquemia ocular aguda, que puede causar pérdida de visión si no se actúa con urgencia.
Aunque es poco común, este riesgo aumenta cuando se utilizan productos que no pueden revertirse fácilmente. Mientras que los rellenos a base de ácido hialurónico pueden disolverse con hialuronidasa, los bioestimuladores como el PDLLA no tienen antídoto, lo que limita las opciones ante una complicación vascular.
No fue un problema del producto, sino probablemente de la técnica empleada. Para que el material llegue a una arteria profunda, se requiere una inyección en un plano anatómicamente inadecuado. Este tipo de incidente refuerza la importancia de una formación anatómica rigurosa, del uso de ecografía guiada, y de saber actuar ante cualquier señal de alarma, como una pérdida de visión inmediata.
Esther no residía en Corea, lo que dificultó el seguimiento clínico y el acceso rápido a atención especializada. El turismo médico es cada vez más habitual, pero también implica riesgos si no existe una planificación adecuada ni un equipo local de respaldo.
Aunque investigó durante más de un año antes de decidirse, su experiencia pone de manifiesto que la seguridad no depende solo del producto, sino también de la capacidad de reacción ante lo inesperado.
La historia de Esther Jeong no debe generar miedo, pero sí una mayor conciencia sobre la precisión y el respeto que exige la medicina estética. Trabajamos con estructuras delicadas, y el margen de error es mínimo.
Por eso, confiar en profesionales con formación específica, experiencia técnica y capacidad de respuesta ante complicaciones no es un lujo, sino una necesidad médica. La belleza segura es posible. Pero solo en manos expertas.