DINERO EFECTIVO
Mientras Bizum y las tarjetas dominan ya el consumo diario, algunos negocios, muy pocos, mantienen el dinero en metálico como única forma de pago y obligan a sus clientes a volver al cajero.
Los billetes desaparecen poco a poco y la cartera ha perdido la batalla. Pagar con el móvil se ha convertido en un gesto automático. Un café, una barra de pan o una cena en vacaciones. Todo pasa ya por la tarjeta, el teléfono o Bizum.
"Yo pago todo con el móvil", comenta una joven en Santiago de Compostela. "Efectivo ya no llevo", añade otro vecino. La escena se repite entre generaciones cada vez más acostumbradas a vivir sin monedas ni billetes encima. "Como mucho, llevo algo para el café", resume otro cliente.
En medio de esa transformación silenciosa sobreviven todavía algunos negocios que se resisten a abandonar el metálico. Uno de ellos está en San Vicente do Mar, en la península de O Grove. A la entrada del local, varios carteles avisan de algo que sorprende cada vez más a los clientes: "No aceptamos pago con tarjeta".
"Trabajamos solo con efectivo. Lo avisamos siempre", explica Luis Caneda, propietario del Asador Luis Kabalo, acostumbrado ya a las caras de sorpresa de quienes llegan sin un solo euro en la cartera.
La decisión, asegura, no responde a nostalgia ni a una cuestión ideológica, sino a una mezcla de problemas técnicos y costes añadidos. Durante los meses de verano, cuando la zona se llena de turistas, la conexión falla constantemente y cobrar una comida puede convertirse en una odisea.
"Cuando hay tanta gente, la wifi se pierde y para cobrar una mesa echamos una hora", relata. "Y después están las comisiones. Hoy la gente te pide un café, un agua, cualquier cosa pequeña, y todo lleva comisión".
Caneda sostiene además que el pago digital ha cambiado también los hábitos dentro del propio restaurante. "Pagando con tarjeta casi nadie deja propina para los camareros", lamenta.
El local intenta evitar conflictos avisando desde el primer momento. Lo hacen en la web, durante las reservas telefónicas y en distintos carteles repartidos por el restaurante. Aun así, más de uno termina improvisando una excursión al cajero más cercano.
"Si no aceptan tarjeta, te descuadran", reconoce un cliente. "Pero si te avisan con tiempo, o vas al cajero o buscas otra alternativa", añade otro.
Porque la desaparición del efectivo ha llegado hasta tal punto que muchos viajeros ya no pisan una sucursal bancaria antes de salir de casa. "Ahora viene gente de vacaciones que solo trae la tarjeta", explica Caneda. "Van pagando todo y después ya lo aplazan durante el invierno".
No todos, sin embargo, ven con buenos ojos esa dependencia absoluta del pago digital. Una mujer mayor, mientras espera en la terraza del local, defiende todavía la necesidad de llevar algo de dinero encima. "Los jóvenes tendrían que acostumbrarse a llevar efectivo", insiste.
En España, donde Bizum y el pago móvil baten récords cada año, negocios como el de Luis Caneda se han convertido en una rareza. Pequeños reductos que sobreviven al margen de la comodidad digital y que obligan a recuperar un gesto que parecía condenado a desaparecer.
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