Final Mundial 2026
¿Y si sí? Cuando la superestrella es el equipo: España, a por su segundo Mundial
Del tropiezo ante Cabo Verde a arrollar a la temida Francia rumbo a la Finalissima contra Argentina. Así reconstruyó Luis de la Fuente al equipo: de Atlanta a 'NUEVAYoL', España ha demostrado que ningún jugador es tan bueno como todos juntos.
España no solo eliminó a Francia, sino que además ganó un debate que lleva casi dos décadas abierto. Porque la victoria sobre Mbappé, Dembélé, Olise y compañía no solo significa que la Roja vuelva a una final del Mundial dieciséis años después. Significa algo mucho más profundo: que la idea de juego que arrancó Luis Aragonés, perfeccionó Vicente del Bosque y ha recuperado Luis de la Fuente sigue plenamente vigente.
Muchos habían enterrado eso que los más viejos de lugar siguen llamando tiki-taka. Cuando Francia conquistó Rusia 2018 discursos agoreros anunciaron el fin del fútbol de posesión. Se decía que el físico había derrotado definitivamente al talento, que las transiciones habían sustituido al control del juego y que España debía reinventarse para volver a competir. Ocho años después, la respuesta ha llegado sobre el césped.
Francia, la selección más temida del torneo, la que había intimidado al resto del mundo a base de golazos, la máxima favorita al título, apenas pudo rascar bola en Dallas. España le arrebató el balón, le quitó el ritmo y la obligó a perseguir sombras durante buena parte del encuentro. La mejor delantera del Mundial quedó reducida a la mínima expresión.
De menos a más
Y ahí reside la mayor victoria de Luis de la Fuente: España vuelve a ser reconocible. La Roja empezó este Mundial lejos de su mejor versión, ya que el empate frente a Cabo Verde sembró dudas y reabrió debates que parecían superados. Se cuestionó el estado físico de Rodri, la posición de Pedri, la falta de ritmo de varios futbolistas que llegaban tocados y hasta la capacidad de reacción del seleccionador.
Pero el equipo fue creciendo, exactamente como suelen hacerlo los campeones. Primero llegó la goleada frente a Arabia Saudí, después el trabajado triunfo contra Uruguay para asegurar el liderato del grupo, más tarde la contundencia frente ante Austria ya en los cruces, el golpe de autoridad con Portugal y Bélgica y, finalmente, la exhibición táctica contra la selección gala en semifinales.
Cinco partidos que reflejan una evolución constante. No estaba siendo el Mundial más brillante de España desde el punto de vista estético, pero probablemente sí uno de los más maduros, y el gran mérito del seleccionador ha sido detectar a tiempo qué necesitábamos en cada momento. De la Fuente tomó como referencia una expresión mexicana para soñar con la final de la Copa del Mundo: "¿Y si sí?". Pues al final va a ser que sí.
La personalidad de Luis de la Fuente
El de Haro no dudó en rectificar tras el debut sentando a Ferran Ruiz, Gavi, Fabián y Marcos Llorente, devolvió a Pedri a la base del juego para terminarle sentando, recuperó la mejor versión de Rodri y terminó encontrando un equilibrio que hoy convierte a España en la selección más sólida del campeonato.
También ha demostrado sobrada personalidad en las decisiones difíciles. Ha mandado al banco a futbolistas importantes cuando lo ha considerado oportuno, ha convertido a Mikel Merino en el mejor revulsivo del torneo y ha construido un grupo donde los titulares y los suplentes celebran los goles por igual.
"No nos enfrentábamos solo a una de las mejores selecciones del mundo; ellos tenían delante al mejor equipo del mundo", resumió el propio De la Fuente tras eliminar a Francia. No habló del mejor once; habló del mejor equipo. Y ahí está probablemente la gran diferencia.
El balón, la mejor defensa
La semifinal fue la máxima expresión de la identidad española: Francia vive de correr, de atacar espacios y de aprovechar el talento individual de sus estrellas. España decidió que nada de eso ocurriera. Rodri gobernó el centro del campo, Dani Olmo apareció constantemente entre líneas, Cubarsí y Laporte anticiparon cada movimiento y todo el mundo defendió con balón.
Fue una lección táctica, un recital. La Roja entendió perfectamente qué partido necesitaba y lo ejecutó con una naturalidad que recordó a las mejores noches de la selección entre 2008 y 2012. Como entonces, el equipo, la familia, están por encima de las individualidades; ya dejó dicho Di Stéfano que ningún jugador es tan bueno como todos juntos.
Pero el éxito tampoco ha llegado por casualidad. La mayoría de los futbolistas de esta selección apenas recuerda el Mundial de Sudáfrica. De hecho, Lamine Yamal ni siquiera tenía tres años cuando Andrés Iniesta marcó el gol más importante de la historia del fútbol español.
Una generación criada para ganar
Sin embargo, casi todos crecieron bajo la dirección de Luis de la Fuente. Europeos sub-19, sub-21, Juegos Olímpicos, la Eurocopa absoluta... Todos han compartido vestuario durante años y han mamado el mismo fútbol. Y, sobre todo, han normalizado ganar: "Desde pequeños estamos acostumbrados a ganar, aunque no sea lo normal", resumía hace unos días Álex Baena.
Esa mentalidad explica muchas cosas. Esta generación no siente que esté haciendo algo extraordinario; simplemente continúa un camino que lleva recorriendo desde las categorías inferiores. De hecho, vienen de arrasar en la pasada Eurocopa a todas las campeonas del mundo continentales. El fútbol quizá sea el deporte más azaroso de todos, pero el talento y la destreza siempre se acabarán imponiendo.
La imagen que vimos en la grada de Dallas también tuvo un enorme simbolismo. En la grada estaban Casillas, Puyol, Ramos y Xavi; los héroes de 2010 contemplaban cómo una nueva generación escribía su propia historia. Aquella selección fue pionera y ahora esta quiere consolidar el legado. Dieciséis años después del gol de Iniesta, España vuelve a estar a un solo partido de levantar la Copa del Mundo.
La auténtica Finalissima
Enfrente estará la vigente campeona mundial, Argentina. Será la final de todas las finales, la Finalissima que no se disputó en marzo: la campeona de Europa contra la de América. Es como si los astros se alinearan, el final de Oliver y Benji. Messi llegó a España con apenas 13 añitos, incluso pudo vestir la camiseta de nuestro país, y acabará dos décadas después jugando su último partido con la Albiceleste ante su heredero, un chaval con el que se sacó una foto de bebé.
La 'Scaloneta' ha llegado al último partido tirando de épica, compitiendo siempre hasta el final. Lideró el Grupo J tumbando a Argelia, Austria y Jordania y en la fase final ha demostrado su mística campeona con sufridas clasificaciones en la prórroga ante Cabo Verde y Suiza, una polémica remontada ante Egipto y un agónico 1-2 en semis contra Inglaterra. El Tuchel más amarrategui les regaló la pelota y, claro, Leo dio la vuelta al marcador con dos asistencias estratosféricas.
El escenario ideal para el combinado sudamericano es uno en el que Messi y De Paul gobiernan la frontal. No les puedes entregar la posesión. Ahí la Albiceleste multiplica su amenaza con disparos, pases filtrados y llegadas desde atrás. El problema: delante no tendrán a Courtois, Mbappé o Haaland, sino a un grupo cuyo mejor socio es el balón y que ha convertido al equipo en su mejor futbolista.
Objetivo: la segunda estrella
De Atlanta a 'NUEVAYoL', dentro de la concentración nadie ha escondido nunca cuál era el objetivo. Desde el primer día la expedición tenía marcada en rojo la fecha del 19 de julio. Mientras otras selecciones preferían rebajar expectativas, De la Fuente insistía una y otra vez en que España era candidata al título. No era arrogancia. Era una convicción absoluta, fe en la capacidad del grupo.
Así que el destino final siempre fue Nueva York. La ciudad que da nombre a una de las canciones de Bad Bunny que más suenan en el vestuario de la selección y que se ha convertido casi en un himno para los jugadores durante esta Copa del Mundo. Solo falta que, con encanto y con primor, acaben bordando la segunda estrella sobre el escudo.
Solo queda el último examen. Noventa minutos separan a España de su segundo título mundial. De hacer historia de nuevo. Pero pase lo que pase en esa final, esta selección ya ha demostrado algo que parecía olvidado durante demasiado tiempo: el fútbol español nunca fue una moda. Simplemente necesitaba volver a creer en sí mismo.
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