Sobreviviendo en autocaravana
Viviendo en una caravana aún teniendo un sueldo fijo: la dura realidad del precio de la vivienda en Málaga
Tienen contrato fijo, cobran cada mes y cumplen con su jornada laboral, pero no pueden pagar un piso. Conductores de ambulancia, trabajadores del aeropuerto o porteros de discoteca sobreviven en camiones y autocaravanas porque el precio de la vivienda en Málaga, en máximos históricos, les deja fuera del mercado inmobiliario.
Una realidad cada vez más visible en Málaga: trabajadores con empleo estable que, pese a tener nómina, se ven obligados a residir en camiones y autocaravanas ante el encarecimiento extremo de la vivienda.
Conductores de ambulancia, trabajadores del aeropuerto, camareros o empleados de la construcción forman parte de esta comunidad improvisada. Pagan entre 400 y 500 euros al mes por estacionar y vivir en un camión o una caravana, una cifra que, aunque elevada para las condiciones en las que residen, resulta inasumible comparada con el mercado inmobiliario actual.
Pago 400€ de alquiler por un camión de patatas
“Yo trabajo en la construcción, llevo tres años en la misma empresa fijo. Pago 400 € de alquiler por un camión de patatas fritas. Gano 1400 € al mes”, relata uno de los vecinos.
El problema no es la falta de empleo, sino el precio de la vivienda. En la ciudad, el metro cuadrado alcanza de media los 3.600 euros, unos 1.000 euros más que la media nacional. Una diferencia que, según los afectados, hace inviable acceder a un alquiler convencional incluso con un salario estable.
Cuando mi hija viene conmigo tenemos que compartir cama
17 trabajadores del aeropuerto viven actualmente en autocaravanas. Entre ellos está Rafael, empleado aeroportuario, que ha resumido así su situación: “Sueldo normalito; pero con un sueldo es inviable tener vivienda en Málaga. Estoy separado y tengo una hija. Cuando mi hija viene conmigo tenemos que compartir cama”.
La precariedad no solo afecta a quienes trabajan en el aeropuerto. Manuel, portero de discotecas, también vive en estas condiciones. “Lo peor es un invierno aquí, cuando llegas chorreando del trabajo y no tienes ropa para ponerte”.
Otra vecina cuenta que tenía una tienda de ropa, pero tras la pandemia tuvo que cerrar. “Me subieron el precio de 500 a 1000 y ahora vivo en una caravana”, afirma.
Todos comparten un mismo perfil: trabajadores con ingresos regulares que no encajan en la imagen tradicional de exclusión social. Sin embargo, el desajuste entre salarios y vivienda les ha empujado a soluciones extremas.
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