APRENDER A SOLTAR
Si sabemos que hay personas que no quieren lo mismo que nosotras o que no nos hacen bien, ¿por qué seguimos adelante con ellas? En este artículo te lo explicamos.
Hay relaciones que, desde fuera, parecen abocadas al sufrimiento. Una persona quiere una vida tranquila, formar una familia, estabilidad emocional… y, sin embargo, elige a alguien que le deja claro desde el principio que no quiere compromiso, que prioriza su libertad, que evita los sentimientos o que no está emocionalmente disponible. Desde fuera, familiares y amigos se frustran: "¿Cómo no lo ves?", "¡Te mereces algo mejor!". Pero quien está dentro, muchas veces lo ve… y aun así no puede soltar.
¿Por qué ocurre esto? ¿Qué hace que nos aferremos a relaciones que claramente nos hacen daño? La respuesta está en nuestro estilo de apego, en las heridas vinculares del pasado y en una trampa muy común: la ilusión de que el otro cambiará.
Los estilos de apego que desarrollamos en la infancia condicionan la forma en que nos relacionamos en la adultez. Si nuestras figuras de referencia no estuvieron disponibles emocionalmente o no nos ofrecieron seguridad, es probable que establezcamos vínculos inseguros.
Por ejemplo: alguien que necesita respuestas constantes de su pareja, se angustia si no contesta al momento y, aunque se sienta maltratado emocionalmente, justifica todo con tal de no quedarse solo. Además, normaliza sentirse con esa inseguridad y ansiedad.
Por ejemplo: una persona que corta la relación en cuanto empieza a sentir algo profundo, o que huye emocionalmente cuando su pareja expresa necesidades afectivas.
Por ejemplo: alguien que busca una relación intensa y, cuando la consigue, empieza a sabotearla, alternando momentos de mucha dependencia con otros de rechazo.
Muchas personas arrastran heridas de apego generadas en relaciones tempranas: figuras que fueron impredecibles, negligentes o incluso dañinas. Esto deja una huella emocional que influye en cómo elegimos y toleramos a nuestras parejas.
Otra trampa habitual es pensar que, si insistimos lo suficiente, el otro cambiará. Nos quedamos esperando que la relación evolucione, que la persona madure, que lo que hoy duele mañana se transforme.
Por ejemplo: alguien que dice "sé que tiene un gran corazón, solo que no sabe demostrarlo", mientras justifica conductas de desprecio o egoísmo.
Por ejemplo: "Es que tuvo una infancia difícil" se convierte en la excusa constante para perdonar faltas de respeto, mentiras o conductas evasivas.
Por ejemplo: después de días de silencio, un "te echo de menos" nos llena de esperanza y nos hace olvidar todo lo demás.
Dejar ir a alguien que no nos hace bien no se trata solo de tomar una decisión racional. Es un proceso emocional que requiere consciencia, autocompasión y, muchas veces, apoyo terapéutico. Algunas claves para empezar:
En conclusión, a veces, lo que nos impide soltar no es el amor, sino el miedo, la costumbre, la herida sin cerrar o la ilusión de que todo cambiará. Pero el amor verdadero no duele así. Mereces un vínculo en el que no tengas que rogar cariño, ni justificar faltas de respeto, ni vivir con ansiedad constante. Y eso empieza por elegirte a ti.