SAN VALENTÍN
Para que un alimento fuera afrodisíaco de verdad, debería aumentar el deseo, la excitación o el rendimiento sexual de forma directa y reproducible. Eso implicaría actuar sobre sistemas muy complejos: hormonas, neurotransmisores, flujo sanguíneo y estado psicológico.
Ante la pregunta de si existen alimentos afrodisíacos la respuesta corta es "no". Y la respuesta larga también es "no".
Y es que no hay evidencia científica sólida que respalde su existencia. Vamos a descubrir las razones una a una para evitar falsas esperanzas en San Valentín.
Existen muchos mitos sobre alimentos que suben la libido.
Aquí entra en juego otro clásico del pensamiento mágico: la forma. Desde hace siglos asociamos ciertos alimentos con el sexo no por lo que hacen, sino por a qué se parecen. Las ostras recuerdan a genitales femeninos, los espárragos o los plátanos a los masculinos, y a partir de ahí el cerebro completa la historia.
Es la vieja doctrina de "de lo que se come se cría": la creencia de que la naturaleza marca para qué sirve cada cosa. Ciencia, ninguna; simbolismo, todo.
Algo parecido ocurre con especias como la canela o el jengibre, a los que se les atribuyen propiedades afrodisíacas simplemente porque son calientes, aromáticos o producen una sensación de activación. En realidad, más allá de hacer una comida más agradable, no hay pruebas de que influyan en el deseo sexual. Nos excita la narrativa, no el alimento.
Porque no es bioquímica, es contexto. Muchos de estos alimentos están ligados a momentos especiales, celebraciones, luz tenue, copas de vino y tiempo compartido. El cerebro (el principal órgano sexual) responde a la expectativa, al ambiente y a la conexión emocional, no al zinc de una ostra. No es el menú. Es todo lo que lo rodea. Y sí, no te preocupes por planificarlo, sirve igual.
Aquí va la verdad incómoda: si no hay deseo, no lo va a arreglar el plato. Puedes preparar la cena más afrodisíaca del mundo que, si hay estrés, cansancio, conflictos o cero ganas, no pasa nada. El deseo sexual depende mucho más del descanso, la salud mental, la autoestima y la relación con la otra persona que de cualquier nutriente concreto.
Dormir mal, estar agotados o vivir con prisas apaga la libido (sin tilde y con b) con mucha más eficacia que cualquier alimento pueda encenderla.
Aquí el tema deja de ser anecdótico y se convierte en un riesgo real.
Bajo etiquetas como natural, herbal o tradicional se venden productos supuestamente afrodisíacos que no son alimentos ni suplementos seguros. Numerosos análisis oficiales han detectado en ellos fármacos no declarados, como sildenafil y derivados, en dosis variables e impredecibles.
Esto implica riesgo cardiovascular, interacciones medicamentosas y ausencia total de control sanitario. Que algo sea natural no lo hace seguro. El veneno también puede serlo.
La ciencia es bastante menos glamurosa, pero más eficaz. La comida puede acompañar, crear ambiente, ser un ritual compartido. Pero no es el motor del deseo.
Este San Valentín, menos mitos y más realidad: no es lo que comes, es con quién te lo comes… y si te apetece comértelo.
Y eso no necesita receta (y si la necesita, no pasa nada, pero sin hacernos trampas). Te recomiendo el libro: "Por qué (no) deseo" de la psicóloga y sexóloga Laura Morán. En realidad, te recomiendo a toda ella. Y de paso, unos consejos más: