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Del telar de Ingenio al altar del Papa: 8 mujeres, 1.400 horas y un regalo hecho a mano para la historia

Las artesanas del calado de Ingenio cuentan cómo vivieron la carrera contrarreloj para crear las piezas que recibirá el papa León XIV poniendo en valor un oficio que se ha mantenido durante generaciones.

Cuando Candela Martín vio por primera vez un telar apenas tenía tres años. "Yo lo primero que recuerdo en mi casa fue un telar". Sus primeros recuerdos están ligados a ver a su madre trabajando sin descanso, "y con la puerta de casa abierta". Décadas después, sentada frente a un encargo que prepara, todavía habla del calado ilusión, cariño y respeto. Porque para ella, como para muchas mujeres de Ingenio, el calado nunca ha sido solo artesanía: ha sido vida.

Una llamada que cambió dos meses de sus vidas

La llamada llegó inesperadamente. Había que hacer un regalo para el papa León XIV. Un mantel de altar, una estola personalizada y un alba litúrgica. Y había poco tiempo. “Me quedé sorprendida”, recuerda Adela Hernández, quien recibió el encargo. La respuesta, sin embargo, salió rápido: “Sí, pero primero tengo que hablar con las demás porque vamos a necesitar ayuda”.

A partir de ahí comenzó una carrera contrarreloj. Primero tocó comprar telas, comprobar las medidas enviadas desde el Vaticano y preparar el material. Después llegaron semanas enteras convertidas prácticamente en jornadas maratonianas. Lo que desde fuera puede parecer simplemente coser o decorar tela, dentro del taller se vivió como una operación perfectamente coordinada. Unas llegaban por la mañana. Otras aparecían por la tarde. Algunas se iban y otras continuaban hasta las ocho o nueve de la noche. “Había muchos nervios porque era mucha responsabilidad”, reconoce Adela, “yo hubo noches que ni dormía”.

Ocho mujeres participaron directamente en el trabajo. Pero coordinar a ocho artesanas tampoco es sencillo. Porque, como explican entre risas, “no todas calan igual”. Entre Cande y Adela hicieron el diseño y se encargaron de los adornos más complejos, vigilando de cerca que todo estuviera perfecto. “A veces había que decirle a alguna que tenía que desbaratar algo, y no siempre se lo tomaban bien”. Era mucha la presión y también la ilusión por terminar este proyecto tan especial. El objetivo era uno: que saliera bien. Muy bien.

La pieza principal impresiona incluso al escuchar las medidas: más de tres metros de largo y cerca de dos metros y medio de ancho. Moverlo ya era complicado. Hacerlo, mucho más. Durante dos meses el mantel ocupó tiempo, espacio físico y también mental. Las responsables admiten que apenas desconectaban. “Cuando salió de mi casa y lo entregué al Gobierno de Canarias, respiré”, confiesa Adela. Porque hasta ese momento convivieron con una mezcla constante de ilusión y miedo.

“Aunque no cobráramos, es para el Papa”

Quizá una de las frases que mejor resume cómo vivieron el proceso llegó al hablar del esfuerzo invertido. “Hemos pasado mucho, pero como es para el Papa... lo que sea”. La recompensa nunca estuvo únicamente en el dinero ni en el reconocimiento institucional. Estaba en imaginar una pieza hecha en Ingenio colocada sobre un altar que mirará medio mundo. En pensar que algo creado entre conversaciones, agujas y horas infinitas pueda terminar formando parte de un momento histórico. “Sería una ilusión enorme para el pueblo”, aseguran.

El valor del calado en Ingenio va mucho más allá de estas piezas. Durante generaciones permitió sostener familias enteras. Muchas aprendieron observando a madres, tías o abuelas. El conocimiento pasó de mano en mano, casi siempre alrededor de una mesa. Por eso, para estas artesanas, este encargo significa mucho más que un regalo protocolario. Es demostrar que un oficio centenario sigue vivo y un pedacito de la memoria de Ingenio quedará para la historia.

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