Canarias
Kali Soukouna, después de sobrevivir a la ruta canaria en 2006: "No lo haría otra vez, lo digo de corazón"
Tenía solo 14 años cuando emprendió la travesía desde Mali. Atravesó el desierto antes de embarcarse rumbo a Canarias. Hoy tiene dos fruterías y tres puestos de mercado en Gran Canaria.
Kali Soukouna tenía 14 años cuando decidió abandonar Mali y emprender una travesía que, 20 años después, todavía recuerda con una precisión que sorprende. En 2006, durante la crisis de los cayucos, recorrió el camino desde su país hasta Mauritania y, desde allí, se embarcó rumbo a Canarias: “No lo planifiqué, en un momento dado lo hice y con la mano en el corazón te digo que hoy en día no lo haría de nuevo”.
Su historia comenzó mucho antes de subir a una patera. Soukouna describe Mali como “un caldero ardiendo”. Entiende que la gente, como hizo él, se agarre a la mínima oportunidad para mejorar. Pero reflexiona sobre lo que vale una vida y cómo los migrantes son tratados como meros números: “Nos dicen, llegan 200, y el desierto es peor que el cayuco”.
Kali pasó alrededor de un mes atravesando el desierto. “Mueren muchas más personas en el desierto que en el mar”. Explica que “pueden ser dos meses y el cayuco son solo 3 días”.
“Yo he tenido suerte”
Kali sabe que su historia pudo terminar de otra manera. Al fin y al cabo, él es de los que pudo llegar, hay mucha gente que no puede contarlo. Uno de ellos fue su hermano, que casi diez años después que él, decidió repetir aquella misma ruta pero no lo consiguió y murió durante la travesía atlántica.
Tras esa experiencia logró convencer a su familia de que no era buena idea tratar de salir de Mali.
Aprender el idioma, clave para su nueva vida en Canarias
Cuando llegó a las Islas, con apenas 14 años, comenzó una etapa completamente diferente. En Canarias encontró a personas que fueron fundamentales durante sus primeros años. Entre ellas está Loli, a quien llama su “mamá canaria”. “Fue una salvación”, asegura.
Dos décadas después, Kali ha construido una vida vinculada al comercio. Tiene dos fruterías y tres puestos de mercado. Uno de ellos es la frutería El Cayuco, en Las Palmas de Gran Canaria, donde su historia se mezcla ahora con la del propio barrio.
Una frutería que da mucha vida
Los clientes que acuden habitualmente al establecimiento hablan de la relación que han construido con él durante estos años. Algunos cuentan que de ir todos los días acabaron forjando una amistad y destacan su cercanía y el trato diario.
También valoran la calidad de sus productos y aseguran que la frutería se ha convertido en un negocio que da vida al barrio. Para quienes lo conocen desde hace años, Kali no es solo el propietario de una frutería: forma parte del día a día de la zona.
Hay inmigrantes buenos y malos
Desde su experiencia personal también habla de la realidad migratoria actual y de la necesidad de distinguir entre historias individuales. “Yo soy inmigrante y pienso que hay de todo, no todos los inmigrantes son buenos ni malos”, afirma.
Para Kali, Canarias también tiene un límite físico ante la llegada de personas por la ruta atlántica. “Canarias tiene un límite porque son islas y, si el Gobierno Central no actúa, no podemos hacer más”.
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