Guerra Irán
El control del estrecho de Ormuz y la resistencia interna frustran las previsiones de EE.UU. e Israel.
La ofensiva de Israel y Estados Unidos contra Irán se apoyaba en una idea clave: que la presión militar provocaría un levantamiento interno capaz de debilitar o incluso derribar al régimen. Sin embargo, semanas después del inicio de la guerra, ese escenario no se ha materializado.
El plan, impulsado por el jefe del Mossad, David Barnea, fue presentado tanto al gobierno de Benjamin Netanyahu como a la administración de Donald Trump, según el medio estadounidense The New York Times. La estrategia contemplaba que ataques selectivos contra líderes iraníes, combinados con operaciones encubiertas, desencadenarían protestas masivas y un posible colapso del sistema desde dentro.
Desde el inicio de la ofensiva el 28 de febrero, con bombardeos dirigidos contra instalaciones militares, nucleares y figuras clave del régimen, Washington y Tel Aviv confiaban en que la población iraní aprovecharía la situación para rebelarse. Sin embargo, los informes de inteligencia actuales coinciden en que el gobierno iraní, aunque debilitado, sigue manteniendo el control.
El miedo a las fuerzas de seguridad, unido a la falta de una oposición coordinada dentro del país, ha frenado cualquier intento de sublevación significativa. Además, figuras opositoras en el exilio no han logrado movilizar apoyo real sobre el terreno, lo que ha limitado aún más las opciones de cambio interno.
Lejos de colapsar, Irán ha respondido intensificando el conflicto. El control del estrecho de Ormuz —clave para el transporte energético mundial— se ha convertido en una de sus principales bazas estratégicas, elevando la presión internacional y los precios del petróleo.
Los drones iraníes, como el modelo Shahed-136, tienen un coste estimado de entre 20.000 y 50.000 dólares, lo que permite su uso masivo. En cambio, interceptarlos requiere desplegar sistemas mucho más caros, como cazas F-16, cuyo coste operativo supera los 25.000 dólares por hora. Esta asimetría encarece notablemente la estrategia militar occidental.
Mientras tanto, el conflicto se alarga más de lo previsto. Lo que inicialmente se planteó como una campaña rápida, de apenas unas semanas, amenaza ahora con convertirse en una guerra prolongada, con costes económicos y geopolíticos cada vez mayores .
El resultado evidencia un fallo de cálculo: el levantamiento interno que debía acelerar el final de la guerra de momento no ha llegado.
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