Ormuz
Estados Unidos ha puesto en marcha el bloqueo del estrecho de Ormuz para frenar las exportaciones de petróleo iraní, en una operación militar que incluye al menos seis destructores y el portaaviones Abraham Lincoln.
Estados Unidos ha puesto en marcha este lunes el bloqueo del estrecho de Ormuz, una operación militar de gran envergadura con la que busca impedir que Irán continúe exportando petróleo. El despliegue, ordenado por el presidente Donald Trump tras el fracaso de las negociaciones de paz del fin de semana en Pakistán, marca una nueva escalada en el conflicto abierto desde finales de febrero.
La medida ha entrado en vigor a las 10:00 hora de Washington (14:00 GMT), según confirmó el Comando Central de Estados Unidos (Centcom), que ya ha comenzado a ejecutar el bloqueo en una de las rutas marítimas más estratégicas del mundo.
Trump anunció que la Armada estadounidense bloquearía "todos y cada uno de los barcos"que intenten entrar o salir del estrecho de Ormuz. Además, ordenó interceptar en aguas internacionales a los buques que hayan pagado un peaje a Irán, una práctica que Washington considera ilegal.
El Centcom ha detallado que la operación se aplica a embarcaciones de todas las nacionalidades que transiten hacia o desde puertos iraníes, tanto en el Golfo Arábigo como en el Golfo de Omán. No obstante, ha subrayado que no se obstaculizará la navegación de los buques con destino a puertos no iraníes, a los que se facilitarán instrucciones específicas para garantizar su paso seguro.
Para ejecutar el bloqueo, Estados Unidos ha desplegado una potente fuerza naval en el mar Arábigo, frente a las costas de Omán. El elemento central de esta operación es el portaaviones USS Abraham Lincoln, desde el que se proporciona cobertura aérea.
Junto a él operan al menos seis destructores, encargados de tareas de vigilancia, interceptación y abordaje de buques sospechosos. Según fuentes militares, dos de estas unidades ya han cruzado el estrecho y estarían participando en labores de desminado, en previsión de posibles amenazas en la zona.
El objetivo es claro: cortar la principal vía de salida del petróleo iraní sin necesidad de un enfrentamiento directo, en una estrategia que combina presión militar y control marítimo.
Pese al despliegue estadounidense, la capacidad de respuesta de Irán sigue siendo una incógnita clave. La flota iraní no se considera neutralizada y podría reaccionar mediante acciones de sabotaje o ataques a infraestructuras energéticas.
Entre los escenarios que manejan los analistas figuran posibles ataques a oleoductos o incluso el cierre del estrecho de Bab al-Mandeb, otro punto crítico para el comercio internacional. La tensión en la región se mantiene así en niveles máximos, con el riesgo de que cualquier incidente derive en un enfrentamiento abierto.
No obstante, algunos expertos consideran que, si la operación se ejecuta sin errores, podría evitarse un choque directo entre ambas potencias, al menos en el corto plazo.
El anuncio y puesta en marcha del bloqueo ya han tenido consecuencias económicas inmediatas. El precio del petróleo se ha disparado, mientras que las bolsas internacionales han registrado caídas tras el fracaso de las negociaciones y la creciente incertidumbre geopolítica.
La guerra, iniciada el pasado 28 de febrero, sigue ampliando su impacto en la economía global. Países del Golfo como Catar se enfrentan a previsiones de fuerte contracción, con estimaciones que apuntan a una caída del PIB de hasta el 13%, lo que supondría su peor crisis en décadas.
Mientras tanto, el encarecimiento de la energía comienza a trasladarse a los consumidores, especialmente en Estados Unidos, donde los efectos del conflicto ya se perciben en el coste de los combustibles.
Con el bloqueo ya en marcha, Estados Unidos abre una nueva fase en su estrategia contra Irán, centrada en asfixiar su capacidad de exportación energética sin cruzar, por ahora, la línea del enfrentamiento directo.
Sin embargo, la magnitud del despliegue militar y la importancia estratégica del estrecho de Ormuz convierten esta operación en un punto de inflexión en el conflicto, cuyas consecuencias —militares, económicas y geopolíticas— siguen siendo imprevisibles.
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