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Comunidad Valenciana

Dos hermanos gallegos formaron parte del 23-F sin saberlo: "Acabamos tomando Valencia en un tanque"

En febrero del 81, Álvaro y Tono estaban haciendo el servicio militar. Acataron las órdenes de sus superiores sin saber que estaban siendo parte de un alzamiento. “Cuando escuchamos por la radio lo que estaba pasando, tuvimos miedo, mucho miedo”.

Quedamos con los hermanos Villar López en Baio, A Coruña, la pequeña localidad que dejaron atrás cuando se fueron a hacer la mili con apenas 20 años y que hoy sigue siendo su hogar. Ni ellos ni su familia imaginaban entonces que formarían parte de un momento histórico.

Álvaro y Tono son gemelos; por ello, según recogía la ley en aquel momento, podían hacer el servicio militar juntos. Estaban destinados en Valencia cuando tuvo lugar el 23F. “Ese día nos dijeron que había que prepararse, que nos íbamos de maniobras. Normalmente, las maniobras se avisaban con tiempo, no de un momento para otro, pero tú eres un soldado y cumples las órdenes, sin más”, nos explica Álvaro, mientras su hermano Tono confirma: “No teníamos ni idea de lo que pasaba, ni de broma”.

Prepararon los tanques, cargaron la munición y, casi antes de que pudieran darse cuenta, estaban tomando las calles de Valencia. “Surrealista moverse por una ciudad en carros de combate”, recuerdan. Mientras evocan aquel momento, nos enseñan sus fotos de la mili, las propias de cualquiera de su quinta, ajenos en aquel momento a lo que ya se cocía por los pasillos de varios cuarteles desde hacía semanas.

”Tuvimos miedo, mucho miedo”

Aquel lunes 23 de febrero del 81 pasaron horas apostados en una plaza de la ciudad: “Al principio no te dabas cuenta de nada. Después empiezan a pasar cosas: decretan el toque de queda, empiezan a llegar noticias por la radio… Vas atando cabos y entonces sí”, relata Álvaro. “Tuvimos miedo, mucho miedo”.

El teniente coronel Antonio Tejero asaltó el Congreso de los Diputados en torno a las 18:30; las calles se quedaron completamente vacías y decenas de soldados esperaban órdenes, colocados en distintos puntos del país, sin saber, en muchos casos, lo que hacían. “Como nosotros tiene que haber miles. Muchísimos chavales que no teníamos ni idea”, asegura Tono. Aunque también había quien sí, por supuesto. “En ciertos mandos sí que veías la efusividad, cierta euforia por lo que podía venir”, relatan. “Las cosas se podían haber complicado mucho. Estábamos armados y, a la mínima, podía haber prendido la mecha”.

Una joven democracia, muy débil todavía, se lo jugaba todo en aquellas horas. “Por suerte, las cosas salieron como salieron y esto es una batallita que contar, pero lo pasamos mal”, explican. No se retiraron de las calles hasta cerca de la una de la mañana: “Nosotros fuimos los últimos en recoger; estuvimos allí horas. Cocinamos las judías en la calle, sin baños y sin nada. A la espera de órdenes”.

Una semana de arresto y el ansia de llamar a casa

Cuando todo llegó a su fin, llegó el acuartelamiento. “Todo el cuartel quedó arrestado mientras se comprobaba lo que había pasado. Había sido un cuartel sublevado, claro”. Fueron días en los que la principal preocupación era llamar a casa. “Había dos cabinas de teléfono en un cuartel para unos 5.000 hombres; imagínate”, nos dicen. Las colas eran inmensas. Todos querían levantar el teléfono y poder decirles a los suyos esas dos palabras mágicas: “Estoy bien”.

Cuando Álvaro y Tono consiguieron hablar con sus padres, la alegría fue total. “Mi madre recordaba perfectamente cómo se habían llevado a su hermano a hacer el paseíllo. Tenía la guerra muy presente; aquello fue durísimo. Era volver atrás, volver a aquella época y, además, no saber nada de nosotros. Era tremendo”.

Los días de acuartelamiento pasaron, terminaron su servicio militar y regresaron a casa. La historia acabó bien para ellos, y acabó bien en general, de hecho. Ahora, ellos también, tienen la vista puesta en los documentos desclasificados por el Gobierno y en el análisis minucioso de su contenido: “Veremos”.

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