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Guerra Híbrida

Un campo de batalla sin armas: las nuevas fronteras de la guerra híbrida

La crisis migratoria de Ceuta reabre el debate sobre la instrumentalización de los flujos migratorios como herramienta de presión política.

Militares patrullan la frontera de Ceuta Europa Press

Durante décadas, la imagen de una guerra estuvo asociada a ejércitos enfrentados, bombardeos y tropas avanzando sobre el territorio de otro país. Sin embargo, los conflictos internacionales han ido adquiriendo formas cada vez más difíciles de identificar. Un Estado puede tratar de condicionar las decisiones de otro sin recurrir a un ataque militar convencional y combinando herramientas tan diferentes como la desinformación, los ciberataques, la presión económica, las operaciones de influencia o el control de los movimientos migratorios.

Es en este contexto donde aparece el concepto de guerra híbrida, una expresión que en los últimos años ha dejado de pertenecer exclusivamente al ámbito académico y militar para convertirse en una preocupación habitual de las instituciones europeas. La Unión Europea considera que las amenazas híbridas pueden combinar instrumentos civiles y militares y aprovechar las vulnerabilidades de un Estado para generar inestabilidad o condicionar su capacidad de decisión. Entre esas amenazas se encuentra también la instrumentalización de la migración, es decir, el uso deliberado de los movimientos de personas para ejercer presión sobre otro país.

Ese debate ha vuelto a situarse en el centro de la actualidad española tras la crisis registrada este verano en Ceuta. La entrada masiva de migrantes desde Marruecos, que según las estimaciones oficiales movilizó a más de 70.000 personas, provocó una situación extraordinaria en la frontera y obligó a reforzar los dispositivos de seguridad y colapsó la capacidad de respuesta de la ciudad autónoma.

Ahora, la Audiencia Nacional investiga si detrás de aquellos acontecimientos pudo existir algo más que un movimiento migratorio espontáneo. Una de las líneas de investigación parte de un informe del Centro Nacional de Inteligencia Fronteriza y Extranjería (CENIF) de la Policía Nacional que apunta a la posible participación de agentes marroquíes en la canalización de personas hacia Ceuta y a la existencia de determinados mensajes difundidos a través de redes sociales. La investigación judicial trata de determinar, entre otras cuestiones, si los hechos pudieron constituir un ataque grave contra la integridad territorial española.

La existencia de ese informe no significa, sin embargo, que se haya demostrado que Marruecos organizara la entrada masiva ni que España haya sufrido una operación de guerra híbrida. Se trata de una hipótesis que está siendo investigada. El Gobierno español, además, ha mantenido una posición prudente y ha evitado acusar públicamente a las autoridades marroquíes de haber organizado los acontecimientos, mientras defiende la cooperación con Rabat en materia migratoria y de seguridad.

El precedente de 2021

Ceuta ya vivió una situación similar, aunque en un contexto diplomático muy diferente, en mayo de 2021. En apenas dos días, alrededor de 9.000 personas entraron en la ciudad autónoma desde Marruecos, en plena crisis entre Madrid y Rabat provocada, entre otros factores, por la decisión española de permitir la entrada en España del líder del Frente Polisario, Brahim Ghali, para recibir tratamiento médico.

La dimensión política de aquella crisis fue reconocida incluso por las instituciones europeas. El Parlamento Europeo condenó entonces el uso de los controles fronterizos y de la llegada de migrantes, incluidos menores, como instrumento de presión política.

Aquel episodio se convirtió en uno de los ejemplos más citados cuando se habla de instrumentalización de la migración. No porque cualquier llegada masiva de personas pueda considerarse una operación híbrida, sino porque demuestra cómo una frontera puede convertirse en un punto de presión cuando el movimiento de población se utiliza deliberadamente para provocar una crisis política.

El modelo de una guerra sin frentes

Ceuta permite entender por qué la guerra híbrida resulta tan difícil de combatir. La ciudad autónoma constituye una de las fronteras exteriores de la Unión Europea en África y, al mismo tiempo, se encuentra pegada a un país que mantiene una relación estratégica con España. Cualquier crisis en ese espacio tiene, por tanto, una dimensión migratoria, diplomática y de seguridad.

El fenómeno tampoco es exclusivo del norte de África. En 2021, la Unión Europea acusó al régimen de Bielorrusia de facilitar la llegada de migrantes hacia las fronteras de Polonia, Lituania y Letonia como forma de presión sobre los Estados miembros. Un año antes, Turquía había permitido o alentado la llegada de migrantes hacia la frontera griega durante una crisis que también fue interpretada en Europa como una forma de instrumentalización migratoria.

La diferencia respecto a una guerra convencional es precisamente esa ambigüedad. No hay necesariamente un frente, una declaración de guerra o un ataque militar que permita señalar con claridad cuándo empieza el conflicto. La presión puede ejercerse mediante elementos que, considerados individualmente, pertenecen a ámbitos completamente distintos.

Rusia y Ucrania: una guerra que también se libra en la sombra

El conflicto entre Rusia y Ucrania es uno de los ejemplos más claros de cómo la guerra híbrida puede desarrollarse en paralelo a una guerra convencional. Desde la invasión a gran escala de Ucrania en febrero de 2022, Moscú no solo ha recurrido a sus Fuerzas Armadas. La Unión Europea ha denunciado una campaña más amplia contra Ucrania y sus aliados que combina ciberataques, sabotajes, desinformación, espionaje, presión sobre infraestructuras críticas y operaciones destinadas a erosionar el apoyo europeo a Kiev.

El frente digital es uno de los más visibles. Grupos vinculados a Rusia han llevado a cabo ataques informáticos contra instituciones y organizaciones europeas, mientras las campañas de manipulación de información tratan de influir en la opinión pública, cuestionar el respaldo a Ucrania y explotar las divisiones internas de las sociedades occidentales. El objetivo no tiene por qué ser provocar un daño físico inmediato: también puede consistir en generar desconfianza, confusión o fatiga política.

A ello se suma el sabotaje. En los últimos años, varios países europeos han investigado incendios provocados, daños contra infraestructuras, operaciones de espionaje y ataques contra instalaciones relacionadas con el apoyo militar a Ucrania. También han aumentado las sospechas sobre actividades dirigidas contra cables submarinos y otras infraestructuras críticas. En septiembre de 2026, la OTAN informó de una operación rusa frustrada alrededor de cables submarinos en el Ártico, mientras distintos servicios de inteligencia europeos han alertado de un incremento de las operaciones de sabotaje atribuidas a Moscú.

A día de hoy, no se ha señalado a ningún responsable por las explosiones que el día 22 de septiembre de 2022 inutilizaron el Nord Stream 1 y 2. De hecho, las investigaciones llevadas a cabo por Suecia y Dinamarca se cerraron sin identificar a un culpable. En su día, Myhaylo Podolyak, asesor de Zelensky, acusó a la administración de Vladimir Putin de haber perpetrado los ataques, calificándolo como un "acto de agresión" contra la Unión Europea.

Recientemente, las tensiones entre Rusia y Occidente han aumentado después del ataque con drones ocurrido el mes pasado contra el aeropuerto de Leipzig/Halle, ataque que según el Gobierno alemán fue llevado a cabo por Moscú. El ministro del Interior alemán, Alexander Dobrindt, afirmó que el despliegue de un dron cargado de explosivos seguía el "patrón bien establecido de las operaciones híbridas rusas en Europa".

La lógica es similar a la de otras operaciones híbridas: actuar por debajo del umbral de una guerra abierta y obligar al adversario a responder ante acciones cuya atribución puede resultar compleja. Es precisamente esta combinación la que hace que el conflicto ruso-ucraniano sea especialmente relevante para entender qué significa hoy la guerra híbrida. Las fronteras del campo de batalla ya no coinciden necesariamente con las fronteras de los países en guerra: una infraestructura europea, una red informática, unas elecciones o incluso la opinión pública pueden convertirse en objetivos dentro de una confrontación que se desarrolla simultáneamente en varios niveles.

La 'negación plausible'

Una de las características de este tipo de operaciones es, además, la dificultad para determinar quién está detrás de ellas. En una guerra convencional, la autoría de un ataque suele ser relativamente sencilla de establecer. En cambio, las operaciones híbridas pueden diseñarse precisamente para mantener una distancia entre el actor que obtiene el beneficio político y quienes ejecutan directamente las acciones. Es lo que se conoce como 'negación plausible'.

La lógica es sencilla: un Estado puede facilitar, alentar o beneficiarse de una determinada actuación sin dejar necesariamente una cadena de órdenes que permita atribuírsela de forma directa. La utilización de intermediarios, actores no estatales, estructuras informales o acciones difíciles de rastrear permite mantener una zona de ambigüedad. Si la operación sale a la luz, el Estado señalado puede negar su participación y sostener que los hechos fueron protagonizados por terceros para evitar una respuesta militar directa o sanciones formales, operando en 'zonas grises' del derecho internacional.

Por eso, para determinar si lo ocurrido en Ceuta puede encajar en la lógica de la guerra híbrida, la cuestión fundamental no es únicamente cuántas personas cruzaron la frontera, sino si existió una estrategia deliberada para provocar o aprovechar la crisis y alcanzar con ella un objetivo político.

Esa es, precisamente, una de las cuestiones que deberá esclarecer la investigación judicial. Hasta que existan pruebas concluyentes, hablar de una operación marroquí de guerra híbrida sería precipitado. Pero el caso de Ceuta sí plantea una cuestión que va mucho más allá de esta crisis concreta: en un mundo donde las fronteras, la información y los movimientos de población pueden utilizarse como instrumentos de presión, la distancia entre una crisis migratoria y una amenaza híbrida puede ser mucho más difícil de determinar de lo que parece.