Canarias
Los científicos estudian las fallas activas del oeste de la isla a partir de las grietas detectadas en el terreno.
Cuando pensamos en la erupción del volcán de La Palma, solemos visualizar la lava y las evacuaciones. Y aunque el volcán se apagó en diciembre de 2021, un estudio publicado en la revista Springer Nature y realizado por investigadores del Instituto Geológico y Minero de España, explica por qué, de manera no tan visible, el terreno no ha dejado de moverse. No lo hace de forma brusca ni con terremotos llamativos, sino lentamente, milímetro a milímetro, a través de fallas geológicas que atraviesan muchas poblaciones.
La investigación analiza el comportamiento de varias fallas activas situadas en el oeste de La Palma, especialmente las de Tazacorte, Mazo y Puerto Naos. Son fracturas profundas de la corteza terrestre que ya existían antes de la erupción del Tajogaite y que, de hecho, fueron clave para que el magma encontrara salida en 2021.
Lo que demuestra este estudio es que estas fallas siguen activas a día de hoy, incluso aunque no haya ninguna erupción o terremotos perceptibles.
El fenómeno que describen los científicos se llama creep, o deslizamiento lento. En la práctica significa que el suelo se desplaza muy despacio, a razón de entre 0,2 y casi 3 milímetros al año. Puede parecer insignificante, pero acumulado en el tiempo es suficiente para abrir grietas en suelos, muros y estructura, como viviendas.
Por eso algunas construcciones presentan daños progresivos: no es un fallo puntual ni un golpe producido por la erupción, sino un proceso continuo y gradual.
Uno de los datos más reveladores del estudio es que muchas de las casas afectadas ya habían sido reparadas en los años 80 y 90 por grietas similares. Esto demuestra que las fallas llevan décadas moviéndose y que la erupción del Tajogaite no creó el problema, sino que lo aceleró. Dicho de otra manera: el volcán no inventó las grietas, pero sí les dio un empujón.
Las fallas se mueven sin romper bruscamente, de forma continua y silenciosa. Es un tipo de deformación que no libera energía de golpe, pero que genera daños acumulativos. Por eso no se sienten terremotos ni se percibe aparentemente movimiento alguno.
El estudio se realizó en un contexto de emergencia, a petición del Ayuntamiento de El Paso, con un método rápido y eficaz. Los investigadores instalaron pequeños dispositivos de precisión, llamados fisurómetros, directamente sobre grietas en viviendas y pavimentos. Estos instrumentos permiten medir aperturas y cierres de fracturas con una precisión extrema, registrando cómo evolucionan con el paso de los meses.
Las mediciones muestran que el movimiento no es uniforme. Hay periodos en los que las grietas se abren, otros en los que se cierran ligeramente y zonas donde el comportamiento cambia según la interacción entre distintas fallas. Aun así, el patrón general es claro: la deformación continúa y en algunos puntos es más intensa que antes de la erupción.
No obstante, el estudio también ha generado una lectura crítica desde otros ámbitos científicos. El físico y divulgador Francisco Rodríguez Pulido advierte que el principal problema no está tanto en los datos medidos como en cómo se están interpretando y comunicando.
En su opinión, las mediciones se realizan sobre grietas en viviendas y pavimentos, no sobre el movimiento tridimensional de la corteza terrestre, y estos desplazamientos podrían deberse, al menos en parte, a procesos de asentamiento gravitacional del edificio volcánico o a reajustes tras la erupción, y no necesariamente a fallas tectónicas capaces de generar grandes terremotos.
Rodríguez Pulido subraya que este matiz no es menor, porque si el movimiento es tectónico el problema sería indefinido, pero si es gravitacional tendería a estabilizarse con el tiempo. Por ello, considera un error utilizar estos resultados para justificar restricciones urbanísticas severas sin una validación geodésica más completa mediante GPS o satélite, algo que el propio estudio reconoce como necesario.
Atendiendo a esta opinión, el verdadero reto no es geológico sino de ingeniería: aprender a reconstruir sobre un suelo que se mueve lentamente, como ocurre en muchas partes del mundo. La Palma sigue reajustándose. Lo hace despacio, sin ruido, pero de forma persistente. Entenderlo parece ser clave para reconstruir mejor y convivir con una isla que, aunque parezca tranquila, sigue en movimiento.
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