Cotilleos
Preguntamos al psicólogo Francisco Rufete si cotillear es beneficioso o perjudicial.
"Traigo chisme". Por lo general, a los españoles nos gusta hablar, conversar, cotillear o como queramos decirlo. El cotilleo gasta muy mala prensa. Es frecuente asociar este hábito a algo negativo, sin embargo, esta práctica tiene una función social y emocional que los expertos dicen pueden resultar "beneficiosas".
Un estudio de Unobravo indica que los españoles, de media, dedicamos más de 57 horas al año cotilleando. Esto supone que más de dos días completos al año nos los pasamos 'chismeando'. En este estudio se muestra una tabla por la cual Sevilla se corona como la ciudad más cotilla del país, con más de cuatro días anuales de cotilleo. El doble de la media.
Madrid le sigue de cerca con 97 horas, mientras Valencia, Oviedo y Móstoles completan el top 5. En el extremo más tranquilo del ranking se encuentran Bilbao, Vigo y Córdoba, donde los residentes dedican poco más de dos días al año al cotilleo, unas 43 a 44 horas anuales.
Y, ¿de qué hablamos? ¿por qué lo hacemos? Para contestar a todas nuestras dudas nos hemos puesto en contacto con Francisco Rufete, psicólogo y Clinical Manager en Unobravo.
Los temas favoritos para cotillear son el trabajo, los famosos y las discusiones familiares. Para hacernos una idea, dedicamos unas 6 horas al año a cotillear sobre nuestro entorno laboral. La mayoría del cotilleo ocurre dentro de relaciones de confianza. Los amigos íntimos (39%) y las parejas (37%) son los confidentes más habituales, seguidos de los hermanos (25%), los grupos amplios de amistades (22%) y los padres (18%).
Francisco Rufete apunta que "hablamos de aquellos temas que más influyen en nuestra identidad" por lo que parece lógico que el trabajo encabece el ranking ya que "concentra muchas emociones. Decimos que solemos hablar más de esos contextos que afectan directamente a nuestra autoestima, a nuestro sentido de pertenencia, a nuestra seguridad. Y el trabajo reúne jerarquía, comparaciones y expectativas. Por lo tanto, se convierte en un foco habitual de nuestra conversación diaria. A este tema se suma el de los famosos, el de los conflictos familiares, de lo que hemos visto en redes sociales... Todo esto permite que observemos y reflexionemos sobre conductas ajenas sin exponernos nosotros directamente. Esto se refleja en situaciones muy comunes como comentar en casa el conflicto con un compañero o alguien que han ascendido de una maneras inesperada. No se trata solo de curiosidad, sino que es una forma de procesar emocionalmente lo que estamos viviendo a diario".
¿Entonces es bueno o malo cotillear? Pues como siempre no se trata de un blanco o negro, hay toda una escala de grises en medio. "Lo que marca la diferencia es la intención y el impacto emocional. Desde la psicología el cotilleo se entiende como una forma de comunicación social que cumple con funciones adaptativas, compartir información, reforzar vínculos, reducir la incertidumbre sobre cómo funcionan las relaciones. No es una conducta negativa en si misma, pero se vuelve problemática cuando es constante, descalificadora o excluyente porque entonces aumenta el malestar emocional y deteriora la confianza. En la vida lo vemos con claridad. No es lo mismo comentar de una forma puntual que un compañero está pasando un mal momento y quizás necesite incluso apoyo, que repetir de manera continua crítica sobre esa persona. En el primer caso se fomenta la cohesión, mientras que en el segundo caso se genera tensión", explica Rufete.
Sabemos que cotillear es una forma de conversar, pero lo cierto es que no todas las conversaciones son cotilleos. Rufete nos aclara que "esta forma de comunicarse también cumple una función emocional y compararnos con otros nos ayuda a regular cómo nos sentimos. Así, el cotilleo puede funcionar como una estrategia de regulación, compararnos con otras personas puede reducir la autocrítica que nos hacemos o puede normalizar errores, incluso puede disminuir la ansiedad que podemos sentir". Pero advierte el psicólogo: "El riesgo aparece cuando esta comparación se convierte en la principal forma de sentirnos mejor intentando afrontar en algunas ocasiones los propios problemas. Por ejemplo, cuando alguien comenta los errores ajenos y piensa: 'al menos yo no estoy tan mal' puede experimentar un alivio inmediato. A corto plazo puede funcionar, pero si esto se mantiene en el tiempo va a reforzar la evitación y no favorece un afrontamiento saludable. Aquí vemos que esa forma de comunicarse, el cotilleo no es funcional".
Parece lógico que si cotillear, en mayor o menor media, nos gusta a todos lo que ya no gusta tanto es que el cotilleo sea sobre uno mismo. "Lo que más daña no es el comentario en si sino la interpretación que hacemos de ese comentarios. Psicológicamente pensar que otros hablan de nosotros puede activar sentimientos automáticos negativos y una sensación de evaluación constante. Esto puede generar ansiedad, pensamientos recurrentes, e incluso inseguridad. El impacto emocional no depende tanto del comentario en si, como de cómo lo estamos interpretando y del tiempo que dedicamos a anticipar juicios. Esto ocurre, por ejemplo, cuando alguien comete un error en el trabajo y empieza a interpretar miradas, silencios como señales de críticas. Esto acaba afectando al bienestar emocional".
Rufete defiende que la "conversación es una gran fortaleza social" y añade que desde "una perspectiva tanto sociológica como psicológica no deben interpretarse en clave negativa". Pero nos preguntamos, ¿por qué en Sevilla se cotillea más que en Vigo? a lo que nuestro psicólogo contesta: "Que en Sevilla se converse más puede indicar que existe una cultura relacional muy rica basada en la cercanía en la vida comunitaria y en el encuentro presencial. Hablar cumple una función de cohesión, de apoyo y de pertenencia. Quizás, en ciudades con un ritmo pausado con espacios compartidos como plazas, sitios abiertos... la conversación puede surgir de manera habitual. En cambio, en ciudades con ritmos más aceleradas las interacciones pueden estar más articuladas, hay menos tiempo para ese intercambio informal. En la práctica, esto se ve en algo tan simple como sentarse a charlar sin prisas, quedar con alguien sin una agenda marcada. Ambas formas son validas y señalan modelos distintos de relación. Ese dato no señala un defecto, sino una manera diferente de comunicarse".