Incendios
Un bosque destruido por el fuego podría tardar en recuperarse 50 años, pero en cinco podemos ver una leve recuperación
El fuego ha destruido no solo los bosques, sino el ecosistema asociado. Se tardará 50 años en recuperar un bosque arrasado por las llamas. Entre uno y cinco años, comienza una revegetación y regresarán algunas especies de fauna.
Según los datos provisionales del Ministerio de Transición Ecológica, en 2026 ya se han calcinado 173.651.46 hectáreas. Para hacernos una idea, sería extensión de unos 244.000 campos de fútbol. Los últimos incendios de Ávila, Madrid, Toledo y Castellón han sido los más devastadores y todavía no ha empezado el mes de agosto.
Estas catástrofes son una de las responsables de la degradación y pérdida de suelo en los montes. Los científicos han comprobado que un 10-20% de la superficie afectada se quema de manera superficial. El fuego no solo destruye montes, bosques y matorrales sino todo el ecosistema asociado. Un incendio impacta sobre la vegetación, la fauna, la calidad del agua, la atmósfera, la erosión y los microorganismos del suelo que consiguen que el bosque funcione en condiciones óptimas.
Los efectos dependen del tipo de fuego, de la duración y de la severidad del mismo, sin olvidarnos de las condiciones climáticas y topográficas. Los incendios más destructivos son los de alta severidad que producen cenizas blanco-grisáceas en zonas de elevada pendiente y próximas a ríos o arroyos.
Proteger el ecosistema es lo más importante
Cuando se genera un incendio, tanto el suelo como la vegetación quedan afectados y es necesario restaurarlos para preservar la biodiversidad y proteger el medio ambiente. La recuperación del suelo afectado puede tardar entre uno y cinco años.
Según los investigadores del Instituto de Investigaciones Agrobiológicas de Galicia (IIAG-CSIC), en las condiciones más desfavorables, la restauración de la flora puede no llegar a producirse jamás debido a la pérdida total del suelo. Por eso, tras un incendio, es muy importante emplear medidas inmediatas de protección del ecosistema dañado para evitar la erosión post-incendio y conservar el suelo en perfectas condiciones para que se produzca la revegetación natural.
Esto es muy importante hacerlo en la temporada de incendios, es decir, en verano aplicando prácticas que permitan el crecimiento de la vegetación lo antes posible antes de que lleguen las lluvias otoñales y se incremente la erosión.
¿Cómo podemos recuperar el bosque dañado?
Según el expresidente de la Sociedad Española de la Ciencia del Suelo y actual socio de Honor de esta, Jorge Mataix, "una reforestación no siempre es necesaria ya que depende de las especies existentes".
El suelo necesita tiempo para recuperar su composición original. Primero, es fundamental proteger la capa de ceniza formada por material orgánico carbonizado y material mineral ya que es clave para restablecer el ecosistema.
Muchas especies están adaptadas a fuego y algunas plantas rebrotan desde las raíces o los troncos pocas semanas después de haberse extinguido un incendio. Los pinos carrascos, por ejemplo, liberan semillas tras el calor, gracias a sus piñas.
Aunque no todo se arregla plantando árboles. Según la organización ecologista WWF, esto no sirve si queremos recuperar un ecosistema sano y que pueda adaptarse a nuevos incendios o el cambio climático.
Entre uno y tres años después de un incendio, los investigadores del IIAG-CSIC afirman que en esta etapa se activa la regeneración natural de las zonas quemadas mediante la eliminación de especies invasoras y el regreso de la fauna a los territorios. Los insectos y pequeños vertebrados suelen regresar en este periodo
Una vez pasados estos tres años llega la verdadera restauración del ecosistema. Los investigadores gallegos afirman que los sistemas deben ser capaces de automantenerse e integrarse en su hábitat y madurar por sí solos. Aunque, los mamíferos y aves forestales pueden tardar décadas en recuperar sus poblaciones.
Los incendios también alteran el ciclo del agua, ya que, sin vegetación, el agua escurre más rápido y arrastra el suelo fértil y aumenta el riesgo de inundaciones y sedimentación en ríos y embalses.
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