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"Confío en ti": la llamada de Nochevieja, un tumor de cuatro kilos y la cirugía que llegó a tiempo

En el primer vídeo, Elisabeth sonríe antes de entrar en quirófano. Está junto al cirujano torácico Diego González Rivas. Le mira y dice, sin titubear: “Confío en ti”. En el segundo, cuarenta y ocho horas después, ambos están de pie. Ella respira sin dificultad. Él asiente, satisfecho. Entre una imagen y otra hay un tumor de cuatro kilos y una operación contra el reloj .

Hablo con el doctor Diego González Rivas (A Coruña, 1974) varias veces al año. Siempre es así: una conversación que coincide con un hito, con una historia extraordinaria que irrumpe en mitad de su agenda —y de la mía— sin pedir permiso. Esta vez me envía un audio largo, preciso, contado con la calma de quien sabe exactamente lo que hizo y por qué. Habla desde China, recién aterrizado. Es madrugada allí y vuelve a operar. “Te lo cuento, Eva, y me voy a descansar, que toca quirófano”, avisa. La voz suena cansada, pero no renuncia a explicar cada paso.

Un tumor que no dejaba vivir

Elisabeth tiene 39 años. Durante un año convivió con un sarcoma agresivo que no respondía a la quimioterapia. Al contrario: seguía creciendo. Hasta convertirse en un tumor gigante, de casi 30 centímetros y alrededor de cuatro kilos, alojado en el tórax. Comprimía el corazón por el lado derecho, desplazaba el pulmón, invadía el diafragma “ya no podía ni tumbarse”, explica González Rivas. “En cualquier momento podía comprimir la aurícula y provocar una muerte súbita”.

Respirar era difícil. Dormir, peligroso. El último TAC, realizado apenas una semana antes de la intervención, ya mostraba crecimiento. Cuando finalmente entraron a quirófano, días después, el tumor era aún mayor. El tiempo jugaba en contra.

La llamada que llegó en Nochevieja

Fue la tarde del 31 de diciembre, en mitad de los preparativos de fin de año, cuando el teléfono sonó en A Coruña. Diego González Rivas estaba con su familia, preparando la cena de fin de año. Primero habló con el hermano de Elisabeth. Después con ella. Les pidió imágenes, pruebas, informes. Cuando llegó a casa, antes de sentarse a la mesa, revisó el caso. “Vi el TAC y pensé: esto hay que operarlo. Si no, se muere. Es cuestión de semanas, como mucho”. La volvió a telefonear esa misma noche “le dije que era un tumor gigantesco, técnicamente muy complejo, pero que no había otra opción”.

Del avión al quirófano, sin margen para el miedo

Elisabeth no dudó. El 1 de enero viajó en avión desde Málaga rumbo a Galicia. Aterrizó en A Coruña a las tres de la tarde. Nada más llegar, llamó al cirujano. A las cuatro y media, él dejó la comida de Año Nuevo y se fue al hospital con el anestesista César Bonome.

Pasaron horas evaluando el caso, explicando riesgos, dibujando escenarios posibles. La anestesia ya era un desafío en sí misma. Al colocar a la paciente de lado —la posición necesaria para operar— el tumor podía comprimir el corazón y provocar un paro. No había espacio para trabajar. Ni margen para el error. “Había que explicarle que podía fallecer durante la operación. En este caso sí existía una mortalidad intraoperatoria”.

Aun así, Elisabeth aceptó todo. Antes de entrar en quirófano, se grabó el primer vídeo. Está junto al cirujano. Sonríe. Le mira a los ojos y le dice: “Confío en ti”.

La cirugía que no admitía errores

La intervención se realizó el 2 de enero. Fue extrema. Hubo que extirpar el tumor en bloque, junto con todo un pulmón y el diafragma afectado. Se practicó una resección intrapericárdica, con el corazón desplazado y expuesto. Después, reconstrucción completa del diafragma con una malla para evitar que los órganos abdominales invadieran la cavidad torácica.

El control anestésico fue decisivo “César Bonome es uno de los mejores anestesistas que conozco. Sin él, esta cirugía no habría sido posible” añade el cirujano sin titubeos.

48 horas después, volver a respirar

El postoperatorio fue exigente. Dos días en la UCI. Transfusiones. Vigilancia constante. Paso a planta. Poco a poco, el cuerpo respondió. Cuarenta y ocho horas después de la operación, se grabó el segundo vídeo. Elisabeth está de pie. Respira. Sonríe. A su lado, Diego González Rivas. Ambos saben lo que ha ocurrido ahí dentro. No hace falta explicarlo. La intervención ha sido un éxito. “Ahora puede respirar, puede tumbarse, puede vivir”, resume el doctor.

Una oportunidad, cuando todavía hay tiempo

El tumor es maligno. Un sarcoma agresivo. La cirugía no es curativa por sí sola. Vendrán más tratamientos: oncología, quizá radioterapia, tal vez inmunoterapia. “Esto no es la curación de la enfermedad”, advierte el cirujano “Esto es darle una oportunidad de seguir viviendo”.

Recuerda otro caso, en 2007. Un joven desahuciado, también con un tumor gigante. Lo operó en A Coruña. Hoy sigue vivo y trabaja como policía “Nunca sabes. Cada tumor es distinto” e insiste en rebajar cualquier lectura épica del caso. No habla de milagros ni de heroicidades, sino de decisiones médicas tomadas cuando ya no quedaba margen. “El mensaje que yo mandaría a otros pacientes es que confíen siempre en sus oncólogos”, explica. “Pero que también sepan que pueden pedir segundas opiniones, a otros especialistas o a equipos con más experiencia en casos complejos”.

Desde hace años el Dr. González Rivas recibe llamadas constantes. De toda España. De fuera. Historias avanzadas, diagnósticos límite, familias que buscan una última puerta y son pocas las que se pueden abrir “la mayor parte no son operables. Si me contactan 50 pacientes al día, 48 o 49 no tienen solución quirúrgica. Son casos muy puntuales a los que digo que sí”.

La clave, subraya, no es solo poder operar, sino saber cuándo hacerlo. “No todo tumor que se puede quitar se debe de operar. Siempre hay que respetar las indicaciones oncológicas”. En el caso de Elisabeth, la indicación era clara: sin cirugía, no había vida. Con ella, al menos, existía una posibilidad.

No es un punto y se acabó. Es un punto y seguido. Vendrán más tratamientos, más decisiones, más incertidumbre. Pero ahora hay tiempo. Y tenerlo era lo que hasta ese momento no existía.

Luchar hasta el final

Luchar hasta el final no significa ganar siempre. Significa intentarlo cuando aún hay margen, cuando la experiencia, la técnica y el criterio médico permiten ofrecer algo más que una espera pasiva. Significa asumir el riesgo cuando no hacerlo implica renunciar antes de tiempo.

Desde China, al otro lado del mundo, Diego González Rivas cierra la conversación como la empezó: con sencillez y oficio, sin grandilocuencia “un abrazo, Eva. Me voy a dormir, que es la una y pico y mañana opero”. Dentro de unas horas volverá a entrar en un quirófano, a abrir otro tórax, a intentar, una vez más, ganarle tiempo a la vida, esta vez en otro continente.

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