ASÍ ES PALMASOLA

La prisión más violenta de Bolivia se prepara para la visita del Papa Francisco

El Papa Francisco visitará el próximo viernes la cárcel de Palmasola, una prisión de máxima seguridad que ocupa 34 hectáreas en la ciudad de Santa Cruz. Dentro de los pabellones, los presos imponen sus propias reglas y se producen continuos enfrentamientos entre clanes rivales. En agosto de 2013, al menos 30 presos murieron en una guerra territorial y decenas fueron heridos.

Los guardias sólo cuidan el perímetro de Palmasola, la prisión más violenta de Bolivia. Dentro de cada pabellón, asesinos reincidentes, narcotraficantes y violadores imponen sus propias reglas y llevan adelante una lucrativa economía criminal.

El dinero puede comprar de todo: una celda, una ducha, drogas, protección, prostitutas y hasta un "departamento" desde donde se puede manejar un negocio o, simplemente, vivir relativamente bien.

Este viernes, continuando con su práctica de visitar prisiones desde que era arzobispo de Buenos Aires, el Papa Francisco entrará en la prisión de máxima seguridad que ocupa 34 hectáreas en la ciudad más poblada de Bolivia, Santa Cruz.

"Nos hemos asegurado de que las cosas estén tranquilas por aquí", afirma Leonardo Medina, quien enfrenta cargos por asesinato, mientras masca hoja de coca y viste una chaqueta roja con la palabra "disciplina".

Palmasola se ha ganado el mote de ser "la cárcel más peligrosa de Bolivia", en gran parte, por continuos enfrentamientos entre facciones rivales. En uno de los peores episodios, en agosto de 2013, al menos 30 presos murieron y decenas fueron heridos en una guerra territorial en el pabellón de máxima seguridad, conocido como "Chonchocorito".

Medina vive en la sección contigua, de régimen abierto, que visitará el Papa el viernes. A aquel pabellón se le conoce como "PC­4" y es el más grande de la prisión. Luce como un pequeño pueblo con ropa colgada entrelazándose con cables de luz, edificios destartalados, quioscos y una cafetería con una estatua de Cristo.

Existe también un pabellón de mujeres y los niños pueden vivir con sus padres encarcelados, junto a violentos presos, que evitan con un soborno a los funcionarios de la prisión, cuenta Ramiro Llanos, ex jefe de servicios penitenciarios de Bolivia.

Al igual que Medina, muchos de los reclusos de Palmasola no han sido condenados y están en espera de su juicio. A nivel nacional, casi el 90 por ciento de los 12.000 prisioneros de Bolivia están a la espera de un juicio, según opositores y organizaciones nogubernamentales. Reuters no pudo obtener comentarios del Gobierno.

Cuando Medina no está con los detalles de seguridad, fabrica carteras de cuero y hamacas. Las hamacas pueden costar hasta 450 bolivianos (unos 65 dólares) en el mercado local. Sin una fuente de ingresos, la vida en Palmasola se puede tornar espantosa.

Roberth Aquino relata que un amigo preso por robo de tierras tuvo que pagar hasta 6.850 bolivianos por una cama, 1.300 bolivianos para acceder a las zonas al aire libre y 25 bolivianos por utilizar las duchas.

Los que no tienen dinero, duermen en el suelo. Los que sí, avanzan rápidamente en la jerarquía dentro de la prisión. "El gobierno sólo te encierra y te deja aquí", lamenta Enea Cardina, un italiano de 61 años acusado de asesinato.

La Iglesia Católica brinda educación primaria y secundaria. Incluso ofrece la carrera universitaria de Derecho. "Los derechos humanos son ampliamente violados en las cárceles", denuncia Zaida Romero, quien ofrece asesoría legal dentro de Palmasola. "Ungran porcentaje está aquí sin juicio", precisa.

La corrupción está tan arraigada en el sistema penitenciario de Bolivia que los presos y sus familiares se quejan de que tienen que sobornar a funcionarios sólo para obtener una audiencia del juicio.

Antes de la llegada del Papa, los prisioneros arreglaban un camino de piedras sobre un suelo fangoso, limpiando enormes pilas de basura y paredes de edificios. Los recién llegados recibían las peores tareas.

Hasta los criminales más violentos de la prisión aseguran que el Papa estará a salvo. "Su visita es una bendición para nosotros", asegura Ambi Vaca, de 24 años, quien cumple una condena de 15 años. "Así que vamos a cuidar de él", añade.

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