TEMPORAL
El exceso continuado de lluvias ha anegado tierras, desbordado balsas de purín y desplomado la salinidad en las rías. El resultado: cosechas perdidas, marisqueo paralizado y explotaciones ganaderas al borde del colapso.
En Meis, María Carramal recorre sus fincas convertidas en barro. Bajo sus botas, la tierra cede como si fueran arenas movedizas. Aquí deberían crecer ya los guisantes, la cebolla o la patata temprana. "Pero este año no hay nada", se lamenta.
El problema no es el frío, sino el agua. Cuarenta días casi ininterrumpidos de lluvia han dejado los terrenos impracticables. "Cualquier semilla que se plante ahora corre el riesgo de pudrirse. Aunque deje de llover una semana, no basta: el suelo está saturado", nos cuenta resignada.
La consecuencia es clara. Las producciones previstas para marzo, abril y mayo se dan prácticamente por perdidas. En una zona donde buena parte de las explotaciones viven de los cultivos tempranos, el golpe económico es directo. "Es mejor no hacer cuentas", admiten en el campo, donde la única salida es esperar a que escampe.
En Carril, Vilagarcía (Pontevedra), el agua dulce tampoco da tregua. Las mariscadoras apenas han podido trabajar. De los diez días previstos en enero, la mitad fueron suspendidos por los temporales y por un fenómeno devastador: la salinidad del agua cayó a cero durante varias jornadas, cuando lo habitual es de 35.
Para las almejas y berberechos, acostumbrados al agua salada, el agua dulce es letal. Las especies más superficiales mueren primero; otras resisten algo más, "pero no episodios tan prolongados. Y cada temporal agrava la situación de un recurso ya debilitado". Nos lo cuenta María Porto, Presidenta de las Mariscadoras de Carril.
"El problema va más allá de este invierno. La almeja necesita alrededor de año y medio para alcanzar tamaño comercial. Si la semilla actual se pierde, la recuperación no llegaría hasta 2027 o 2028", nos adelanta María. Además, el sector se reduce: en ocho años, la agrupación local ha pasado de 97 a 57 mariscadoras. Menos manos y más incertidumbre.
En Lalín, y en buena parte del interior de Galicia, los ganaderos viven otra cara del mismo problema. Las fincas destinadas a cereal y forraje están anegadas y la maquinaria no puede acceder. Sin poder abonar, las balsas de purín están a rebosar.
La imposibilidad de esparcir este fertilizante natural obliga a plantearse el uso de abonos químicos más adelante, en unos suelos además "lavados" por la lluvia. A ello se suma que el ganado no puede salir a pastar: permanece estabulado, consume más pienso y, con frío y humedad, necesita más alimento para producir lo mismo.
Más gastos, menos rendimiento y una presión añadida en un sector que ya arrastra estrechos márgenes.
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