Barcelona 1-2 Real Madrid

Cristiano decide el homenaje a Cruyff

En poco más de una semana se nos ha ido la leyenda holandesa y ha resucitado el Madrid, justo a tiempo para subirse al tren de la primavera, la estación que abre la veda a las camisetas sin mangas, las minifaldas y, en lo que aquí nos ocupa, al levantar títulos.

Por @MarioCortegana

Se intuía en Barcelona un clásico predecible y fácil, como un dibujo para críos en el que se van uniendo una serie de puntos prefijados para obtener una figura. Así lo intentó el Barça: primero, a tener la pelota; a continuación, moverla; luego, a esperar el momento adecuado; de repente, hacer el primero; por último, celebrar la goleada. Se intuía, casi se daba por seguro, sí, y no sólo por el temporadón del equipo culé, a años luz del madridista, sino porque pareciese como si no hubiera sido casualidad que el clásico fuese el primer partido tras el fallecimiento de Cruyff, como si el Dios del fútbol hubiera tenido a bien que sus ideas volviesen a aplastar a las de un Madrid desnortado. Pero no. Pero no porque cada clásico es impredecible como una actuación en Lluvia de estrellas: no importa tanto lo que pasa antes de la puesta en escena como lo que resulta del cambio de atuendo y de lo que acontece en la palestra.

La victoria ayudará a convencer a más de uno de que el Madrid ha iniciado con Zidane el descenso del limbo al que le auparon la salida de Ancelotti y la llegada de Benítez. Y eso que Luis Enrique consiguió lo más importante para impedirlo: ser fiel al estilo. Dominó tanto su equipo los primeros minutos que no fue capaz de advertir su falta de profundidad y el divorcio de Messi del dictado del partido. Y pese a ello, pudo cerrarlo antes de que los rezagados terminasen de reventar el Camp Nou: en el 10', Luis Suárez no empujó una asistencia de libro de Neymar casi a puerta vacía. 10 minutos después, Keylor Navas apareció por primera vez para impedir el gol de Rakitic.

Mientras, el Madrid alternaba indicios de grandeza -sacar en corto desde puerta- y de bajeza -hacer de los saques de banda córneres con la mano -. No faltó la polémica a su cita con el clásico. Se pidió penalti y expulsión por el bando local y, minutos después, roja por el visitante: lo cierto es que Ramos tocó balón -fuera del área- y Suárez mentón -el de Pepe-. Entre paréntesis, Cristiano tuvo la primera con un tiro de zurda fácil para Bravo, en una jugada que continuó y acabó con Bale mandando el balón afuera del estadio en posición franca, el mismo camino que después llevó un chut de Alves algo menos claro.

La primera parte murió con Benzema perdonando lo que no acostumbra en el área, parcelita que también ha conseguido hacer suya este año. Y la segunda nació con Hernández Hernández perdonándole la caseta a Ramos. Luego, el Madrid avisó con un tacón que atrapó Bravo y el partido empezó a hacer honor a su categoría: de un recurso maestro de Messi -qué raro, Leo deleitando- al que respondió con paradón Navas -qué raro, Keylor salvando- llegó el córner en el que Piqué se vistió de Puyol: 1-0 en el 56'.

No bajó los brazos el Madrid, que coció a fuego lento una victoria de las que valen mucho más que tres puntos. Hubiera ayudado que el árbitro sacase las dos amarillas que mereció Rakitic, pero sólo hubo una. No hizo falta más, no obstante: en el 63', una galopada Maradoniana de Marcelo acabó con un pase de Kroos que, tras rebotar en Alba, Benzema apañó con una semichilena: 1-1. Miau.

El Madrid no dominaba, a duras penas jugaba bien, pero le bastaba con eso. Porque el partido premió su fe con un regalo que desenvolvió y disfrutó: tuvieron el de la victoria Bale y Cristiano, y también Luis Suárez, pero no era la noche de la MSN sino de la BBC. Para cuando Luis Enrique se quiso dar cuenta, su único remedio era un imposible: pedir tiempo muerto. Al español le ganó le partida su homólogo francés: primero, ocultándole los pasadizos secretos de su esquema; segundo, adelantando líneas y acertando en los cambios.

Colaboró en el triunfo un revolucionario Jesé -ejem, Isco; ejem, James-. Con uno menos por la expulsión de Ramos, cuyo propósito pareció justo ese desde el silbido inicial, a los blancos le anularon un gol legal de Bale. Pero ni por esas hubo conformismo, ni mucho menos rendición. Sólo el larguero, tras un tiro de Cristiano, y Jordi Alba, tras superar Bale a Bravo en un mano a mano, aplazaron la victoria. Los tres puntos llegaron merced a la sangre fría y la potencia del '7' blanco: control y zambombazo en el área. 1-2 en el 86' y adiós a la racha culé de 39 partidos imbatido.

Lo ha demostrado mil veces y lo hará otras tantas más, las que hagan falta: al Madrid no se le puede dar por muerto ni en su entierro. Lo volvió a constatar esta vez la bota de Cristiano, el elegido para decidir el homenaje al mito Cruyff.

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