EL CASO DE COY

¿Puede un niño de cuatro años sentir que es una niña?

Las investigaciones sobre el desarrollo de personas transexuales indican que, en casos poco frecuentes, la anatomía visible no tiene por qué determinar la identidad de género.

Coy tiene seis años y desnuda parece un niño. Su cuerpo es masculino, pero desde que tenía cuatro años rechazó todo lo asociado a ese género y se negaba incluso a salir de casa vestida como un varón. En la guardería se comportaba como una niña y utilizaba incluso el cuarto de baño de ellas hasta finales de 2012.

Entonces, el director de la escuela a la que asistía, en el estado de Colorado, informó a los padres de Coy de que tendría que utilizar el servicio de los chicos o los de la enfermería del centro. Los responsables de la escuela consideraban que, cuando con el tiempo sus genitales se desarrollasen junto con el resto de su cuerpo, algunos estudiantes y padres podrían empezar a sentirse incómodos.

Sus padres, con la ayuda de la Fondo de Defensa Legal y de Educación de Transgénero (TLDEF, en sus siglas de inglés), interpusieron una demanda por discriminación y, la semana pasada, el Departamento de Derechos Civiles de Colorado se puso de su parte. “Dado el desarrollo de las investigaciones sobre el desarrollo de las personas transexuales, compartimentar a alguien como un niño o una niña basándose solo en su anatomía visible es una forma simplista de afrontar un asunto complejo”, afirmaba el informe de este organismo.

Desde el punto de vista de la ciencia, aún queda mucho por saber sobre las causas de la transexualidad, pero ¿es posible que un niño de seis años pueda decidir que no pertenece al sexo con el que nació? Los expertos debaten este extremo pero avanzan, como en el pasado sucedió con la homosexualidad, hacia una postura en la que los transexuales no sean vistos como enfermos mentales.

En la última versión del Manual Diagnóstico y Estadístico de Trastornos Mentales, el DSM-5, vigente desde mayo de este año, se cambió el término “trastorno de la identidad sexual” por el de “disforia de género” y este término ni siquiera sería aplicable a todos los transexuales. “Hay personas que sí, tienen disforia, una casuística emocional que es problemática, pero otros no”, explica Miguel Ángel Cueto, secretario general de la Federación Española de Sociedades de Sexología y director del Centro de Terapia de Conducta de León.

La transexualidad no tendría así nada que ver con el tópico demente que cree ser Napoleón sin serlo. “Son personas que no tienen delirios, ni una visión distorsionada de la realidad y, en general, son perfectamente lógicas”, añade.

Sobre la posibilidad de que una persona desde muy pequeña considere que ha nacido en un cuerpo que no le corresponde, Cueto afirma que es posible, pero considera que es necesario “hacer una buena evaluación sobre estilo de vida, pensamiento y descartar cualquier patología de carácter mental”. En un primer momento, “se trataría de aplicar una terapia preventiva y, una vez que la persona llega a la adolescencia, empezar con una terapia hormonal sustitutiva”.

Esta terapia cambia las hormonas que habitualmente están presentes en su cuerpo por las del sexo con el que se siente identificada con los consiguientes cambios de aspecto. Aunque hay algunos transexuales que también necesitan cirugías para modificar los genitales, un tipo de operaciones con limitaciones y que tienen un coste de más de 10.000 euros para pasar de hombre a mujer y más de 100.000 de mujer a hombre, también es posible “que solo con terapia hormonal de por vida puedan adaptarse a su sexo biológico”, apunta Cueto.

En el caso de Coy, sus padres, después de escuchar a los especialistas, aceptaron desde que era poco más que un bebé que, aunque parecía un niño, su hija sentía que era una niña. En ese caso, sería posible pensar que algo temporal, como que a un niño le guste ponerse vestidos rosas o jugar con muñecas, puede convertirse en algo permanente por la misma explicación que le dan los padres a través de la transexualidad.

Cueto, que recuerda que estos casos son muy poco frecuentes (aproximadamente una persona por cada 30.000 nacimientos en hombres y una por cada 100.000 en mujeres), cree que lo que va a suceder casi siempre es lo contrario. “Los padres se hacen una idea de lo que podría ser su hijo o su hija, tienen un proyecto de futuro para él y esto puede romper con sus esquemas”, añade.

El caso de David Reimer

El debate sobre la influencia que puede tener el entorno en la identidad de género, si está más o menos determinada por el entorno o está inscrita en la persona desde el nacimiento, suele conducir al caso de David Reimer, un niño nacido en Winnipeg, Candadá, en 1965. Poco después de su nacimiento, una circuncisión fallida destrozó el pene de Reimer, que por entonces se llamaba Bruce, y llevó a sus padres a aceptar una solución arriesgada. Bajo la supervisión del psicólogo australiano John Money, un investigador que defendía la neutralidad psicosexual de los bebés cuando nacen, decidieron castrarlo, darle un tratamiento de hormonas y, sin informarle de que había nacido como niño, educarlo como si fuese una niña. Bruce pasó a ser Brenda.

Pese a las hormonas, y ser vestido y criado como una niña, Reimer nunca llegó a asumir esa identidad y, a los 13 años, amenazó a sus padres con suicidarse si volvían a la consulta del doctor Money. Ellos, finalmente, le contaron la verdad sobre su reasignación de sexo y con 14 años Reimer cambió por segunda vez en su vida, esta vez por voluntad propia, y asumió una identidad masculina. Ya era David. En 1997, Reimer se había sometido a inyecciones de testosterona para revertir el tratamiento de hormonas que había recibido, se había extirpado los pechos y se había sometido a dos operaciones de faloplastia.

Ese mismo año, el investigador Milton Diamond publicó un artículo en el que hacía público el seguimiento del caso de Reimer. Hasta entonces,  la decisión de educar a un niño como varón se centraba “en el potencial del falo para funcionar adecuadamente en relaciones sexuales posteriores”. Esta idea se apoyaba en dos principios defendidos por Money: la neutralidad sexual en el momento del nacimiento y que el desarrollo psicosexual sano depende de la apariencia de los genitales. Así, “como es más simple construir una vagina que un pene satisfactorio, solo el niño con un falo de un tamaño adecuado sería considerado para una asignación de género masculina”.

Como el caso de Reimer se había vendido como un éxito, este tipo de intervenciones continuaron durante muchos años. Diamond mostró que el aspecto de los genitales no era lo único que determinaba la identidad de género y puso en duda la neutralidad sexual de los bebés. Reimer se suicidó en 2004.

Más sobre este tema: